Venezuela en un balón. Este es el "original título" que he escogido para mi blog exclusivamente dedicado al fútbol venezolano. Nada que extrañar para los que me conocen y consecuencia lógica de mi extrema y fanática querencia por dos cosas que llevo totalmente tatuadas en mi piel: mi país y el fútbol.
Esa combinación, especie de coctel mortal, evidentemente que tiene que derivar en un gusto por demás apasionado y que raya (para algunos) en lo exagerado, por el fútbol de mi tierra. Por esa criatura que se encuentra a medio crecer, pero que cada vez da pasos mas grandes y firmes, contra todo y contra todos, en ese camino indetenible hacia el puesto que verdaderamente le corresponde.
Y es que mi amor por esta criatura fue, en mi caso, un amor a primera vista. Solo bastó una tarde de un domingo cualquiera, en que un inocente niño (si, yo mismo) fue llevado de manera por demás casual a un desolado estadio de futbol capitalino por su beisbolero padre, para enamorarse de esos campos tan precarios, de esas jugadas tan limitadas, de ese fútbol tan improvisado. Fue verdaderamente un amor a primera vista que se mantiene hasta el día de hoy, con todas las tristezas (la mayor de las veces) y con las alegrías (cada vez mas frecuentes) propias de cualquier relación amorosa.
Pero no ha sido un amor fácil. Siempre, como en todas las relaciones, se tiene que luchar cada día y cultivar, poco a poco, ese sentimiento que finalmente será el que te mantenga firme al lado de tu ser amado, cuando vengan las peleas, las rabietas, los desencuentros y las ganas de botar todo por la borda y buscar un nuevo amor.
En mi caso, lo primero con lo que tuve que luchar fue con el medio que me rodeaba. No era fácil para un niño de la época verse con su amado fútbol y tener noticias de él. El primer obstaculo era mi querido padre, al cual le costaba demasiado llevarme a alguna de esas "caimaneras" (como él las llamaba) una tarde de domingo. Vamos, que un niño de 7 años todavía no está para escaparse de la casa. Sin embargo, de vez en cuando el amor de padre, el remordimiento o el fastidio de tenerme guindado toda la semana, conseguían el milagro pues. Los días que mi adorado viejo me llevaba al estadio de fútbol son, por mucho, de los mejores recuerdos de mi infancia.
Otro obstaculo era la TV. De manera impresionante, yo me conocía al pelo a todos los jugadores de la liga italiana y de la española. Conocía de memoria los nombres de los estadios y los uniformes al otro lado del oceáno. Sin embargo, siempre me pregunté el por qué no se transmitían los juegos de este lado del mar. ¿Pero no están más cerca para llevar las cámaras? preguntaba yo inocentemente a mi viejo. !Ellos no transmiten caimaneras!!!!...era su ya no tan sorpresiva respuesta.
En fin, que entre el ambiente familiar, la TV y los amiguitos del colegio, mantenerse fiel a ese amor puro y bonito resultaba muy difícil. No era fácil en aquellas épocas de niño, cuando jugabas con tus compañeritos del fútbol, decir que tu sueño no era ser Butragueño, Platiní o Paolo Rossi, ni tampoco jugar en el Real Madrid, Barcelona o Liverpool. No se pueden imaginar la cara de ponchados de todos cuando yo decía que mi sueño era jugar, sí claro, como no, en la Juventus, (el equipo de infancia pastelera) pero también quería jugar en el Marítimo de Venezuela, en el Caracas FC y en la selección nacional. Y quería ser como Pedro Acosta (el autor del gol de la primera victoria de Venezuela en una eliminatoria mundialista) como Bernardo Añor o Pedro Febles. ¿Como quieeeen??? me respondían mis amiguitos, ya preparando la tradicional y cruel burla que solo los niños a esa edad pueden dar.
Pero como el amor siempre prevalece, y cuando uno está enamorado se las ingenia para ver a su amada así sea a escondidas, yo me mantenía al tanto de ese fútbol tan ajeno a mi entorno, a través de la página deportiva del diario El Nacional (eterno agradecimiento a este periódico), el cual publicaba religiosamente, todos los domingos, en la inolvidable página B-6, la pequeña reseña del fútbol nacional, escritas por el periodista-poeta Cristobal Guerra, el cual le daba el toque romántico a tan tormentosa relación. Allí me informaba de los resultados, de las posiciones de los equipos, de los goleadores, del nombre de los estadios; en otras palabras, esa página era el equivalente a aquellas cartas de amor que los enamorados se mandaban hace ya mucho años. Mi cara al leer estas páginas, realmente debió ser un poema. Después descubrí que existía un periódico que solo tenía noticias deportivas (Diario Meridiano), y, claro, al lado de las grandes reseñas del fútbol español, portugués e italiano, había un pequeño espacio dedicado a mi querido fútbol venezolano.
También, como todo niño, armaba mis campeonatos imaginarios en el pasillo de mi casa, donde los arcos eran, de un lado, la puerta de la cocina, y por el otro, la puerta de uno de los baños. Y yo era todos los jugadores a la vez, por supuesto. Pero lo verdaderamente relevante, es que al lado de todos los torneos que me inventaba, liga italiana, española, alemana, mundiales, copa América, también organizaba, como no, el Campeonato Nacional, donde, por supuesto, siempre ganaba el Caracas FC, aunque en mi infantil mente mi adorado Rojo no era de tal color, sino azul celeste, el estadio donde jugaba no era el Olímpico sino la versión venezolana del Bernabeu, y su archirrival no era el Tachira sino el imaginario "Maracaibo FC", el cual, irónicamente, vestía de rojo. Cosas de niño, como ustedes entenderán.
Y como con todo en la vida, el tiempo siguió pasando. Llegó la terrible adolescencia. Llegó el rock, llegaron las niñas, las fiestas y todo ese cúmulo de distracciones tan propias de tan problemática edad. Aquí tal vez se produjo una de las mas dolorosas separaciones con mi adorado fútbol, motivado tal vez a que a esa edad, siempre buscandose la aceptación "del grupo", uno tiende a renunciar o, por lo menos a disimular, todo aquello que pueda ser mal visto por "la tribu". Estos fueron mis días de "pastelero".
Así, yo ya no quería ser como Nelson Carrero, Franco Rizzi o Stalin Rivas. Por favor, eso era una raya. Yo ahora quería ser como Maradona, Baggio, Careca y compañia. La vinotinto ya no me decía nada y estaba totalmente de acuerdo con que ir al estadio era una completa pérdida de tiempo. ¿Ver caimaneras? están locos (mi viejo me veía orgulloso). Yo veo fútbol del bueno, y ahora más que con la magia del cable ya no habían limitaciones para observar fútbol de Argentina, España, Italia, Inglaterra y hasta de Perú. (Vamos Alianza!!!). De hecho, empecé a buscar entre mis ancestros para ver si tenía algún tatatatarabuelo que fuera brasileño, argentino, español o camerunés para ver si podía tener alguna justificación "extra" para comprarme mi respectiva camisa. No lo conseguí, sin embargo, porque en esa época todavía no estaba masificada, por lo menos aquí en Venezuela, la venta de franelas de fútbol.
Sin embargo, incluso en esos días tan difíciles para la relación, nunca olvidé por completo a mi primer amor. Seguía, ya por costumbre, la misma página B-6 de El Nacional, para enterarme de como iba la cosa. También seguía, con muchos bostezos, aquellas transmisiones de RCTV del fútbol nacional, cuando lo daban a la 1 de la madrugada porque a esa hora, seguramente no tenían más nada que pasar. A esos pequeños encuentros se había reducido ese amor de la infancia, y de verdad, no se vislumbraba un futuro mejor para la relación que no fuera el rompimiento definitivo.
Pero el amor cuando es sincero, lo soporta todo. Pasó la tormentosa época de la adolescencia. Llegó la época de la Universidad. Y con ese pequeño grado de madurez que uno adquiere o se autoinventa (es lo mismo) cuando dejas la camisa beige y vas a estudiar ya con la ropa que te da la gana, uno vuelve su mirada en retrospectiva, y busca en el bául de sus recuerdos, todas aquellas cosas que, por la razón que sea, mantuvistes olvidadas durante tu peregrinar adoslecente. Entonces procedes a guardar tus camisas negras de Guns N`Roses, Metallica y compañía, tus latas de spray para "pintar" paredes de tu ciudad y tus sueters rastafari, y procedes a desempolvar algunas cosas que mantuvistes encerradas bajo llave: la cordura, un poco de decencia y responsabilidad, y claro, en mi caso particular, mi amor eterno por el fútbol de mi país.
El Reencuentro no fue fácil. Los primeros momentos fueron una especie de amor compartido entre mi primer amor y el fútbol de otras latitudes. Todavía recuerdo con asombro como me apasionaba la Juventus, y me sorprendo a mí mismo discutiendo con otros compañeros de la Universidad sobre la Juve y el Madrid, o Juve y Barcelona, como sí yo fuera italiano. O como celebraba a las personas que iban vestidas a la Universidad con la camisa de Brasil. Definitivamente, muchacho no es gente. Fue en esta época donde hasta me compré la camisa blanquinegra de la Juve y hasta con orgullo la llevaba.
Pero al lado de esta locura "pastelera", volvía, poco a poco, a reencontrarme con mi adorado tormento. Con mi fútbol, precario y humilde. Empecé de nuevo a frecuentar aquellos estadios olvidados de mi infancia. Ya no necesitaba a mi querido viejo para ir. Ya no estaban tan lejos de mí esos campos otrora inalcanzables. Y empecé a descubrir el gusto otra vez por ese fútbol enredado, no muy estético pero lleno de corazón y ganas de superación. Volvían de nuevo a mí esos sentimientos enterrados, volvía otra vez el niño de 7 años.
Y poco a poco, lento pero seguro, esa mujer llamada fútbol nacional volvió a enamorarme. Ya con el paso a la adultez, al trabajo y a los vaivenes de la vida, ya con la separación de Fundapapá y con el pago de las cuentas de la casa, llegó también ese amor más fuerte que nunca. El cariño había sido probado y requeprobado. Había pasado las épocas mas duras y difíciles de la vida, y de nuevo estaba allí, levantandose por entre todos, para mirarme a la cara y volverme a decir, que siempre estuvo y estará allí.
Hoy en día, ese amor no admite paralelismo. No existe otro fútbol en mi corazón que no sea el venezolano. Claro, como amante del deporte rey, siempre se está viendo y admirando el fútbol desarrollado y sideral de otros lados. Pero hasta allí llega la cuestión. No hay amor ni pasión posible para otro fútbol diferente a éste, con sus limitaciones, con sus carencias, pero también con sus esperanzas y sus sueños.
Y eso es lo especial de un amor verdaderamente entregado. Lo ves crecer, lo ves desarrollarse, lo ves triunfar allí donde nadie apostaba nada por él. Miras en retrospectiva y te das cuenta que la criatura ha avanzado mucho desde aquella primera vez que lo vistes a los ojos. Ya no balbucea, ya habla. Ya no da pasos torpes y se cae, ya camina y corre y de vez en cuando vuela. Ya nadie se burla de él, ahora todos lo respetan. La criatura ya no es un niño, ya es un hombre hecho y derecho.
Y esa es, sin mas ni menos, mi historia de amor con el fútbol de mi tierra. Un amor a primera vista. El único que tenemos, para bien o para mal. El que ha dado muchas tristezas pero también algunas alegrías. El que era el hazmerreír del continente y ahora es el de mayor crecimiento del mismo. El de los estadios vacíos de gente pero llenos de sueños. El de la fanaticada alegre y bulliciosa como pocas en el mundo. El que me llevó a conocer las pirámides de Egipto y me permitió cantar mi himno nacional por primera vez en la historia en un torneo FIFA. El que me llevará, si Dios lo permite, a ver a mi Selección en un Mundial de Mayores.
Con sus limitaciones, con sus sueños de grandeza, con su pasado de derrotas y su presente de esperanza, con sus jugadores, con sus árbitros y dirigentes, con sus aficionados, el fútbol venezolano se encamina día a día hacia su progreso y desarrollo, dandonos cada vez mayores alegrías, sobre todo a aquellos que conocemos a la criatura desde la época en que apenas gateaba. Dicho en otras palabras, nuestro fútbol es un fútbol de esperanza, tal cual como lo es Venezuela entera. Es mi Venezuela en un Balón.
Aquí está mi fútbol entonces, mi fútbol de esperanza, mi amor eterno, en la búsqueda y en la espera. Es el fútbol venezolano, el de mi tierra, el de mi ciudad, el de mis olores y sabores, el de mis buenos amigos, metido en el laberinto de sus grandes riesgos y de sus grandes posibilidades. Sin vacilar, puedo decir que tengo confianza en él.
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