"...Se ha perdido esta bella locura su breve cintura debajo de mí,
se ha perdido mi forma de amar, se ha perdido mi huella en su mar..." (Silvio Rodríguez, Óleo de Mujer con Sombrero)
se ha perdido mi forma de amar, se ha perdido mi huella en su mar..." (Silvio Rodríguez, Óleo de Mujer con Sombrero)
Ayer fué un día muy especial, desde el punto de vista futbolístico claro. Era una jornada de definiciones, de hoy o nunca. Por esas cosas del destino, en un mismo día se iban a decidir 3 campeonatos que guardan (o en teoría deberían guardar)íntima relación con los venezolanos: el Calcio, la Liga de España y por supuesto, el Torneo Clausura de nuestro querido fútbol venezolano.
En lo que a mí respecta, dicha ocasión amerita dejar a un lado incluso el ya adictivo y tradicional "running" dominguero, para, en un acto de absoluto cumplimiento para con esa religión hereje del cual soy seguidor, prepararme para disfrutar de cada una de las definiciones de estos campeonatos.
Dejando a un lado los resultados de las ligas de España e Italia, (del cual ya seguramente todos saben los previsibles y celebrados finales), el foco de mi atención, como era de esperarse, era el desenlace del torneo nacional en su capítulo del Clausura. 3 equipos llegaban con claras opciones a la última jornada: Caracas FC, Deportivo Italia y Deportivo Tachira. Al Rojo de la capital le bastaba ganar su compromiso de local contra el Anzoategui para conseguir el título. Los otros dos tenían que ganar sus respectivos partidos y esperar un resbalón del Caracas en su patio.
Como es usual en mí, me acerqué temprano al histórico Estadio Olímpico de la UCV. Para mi sorpresa, ya se notaba un inesperado movimiento de fanáticos ataviados con sus colores rojos y negros. Debo confesar lo agradable que fué para mis ojos poder observar como, no obstante todavía a esa hora estar jugando el todopoderoso FC Barcelona, era mucha ya la gente que se apersonaba en las afueras del estadio. Parecía como sí, por una vez en la vida, el equipo de la ciudad en donde viven esas personas era más importante para ellos que una Institución que está a no menos de 3.000 Km de distancia.
Una vez adentro, me dirigí a mi sempiterno lugar, grada central, justo en la mitad del campo, arriba hasta el final debajo de la bandera de Venezuela. Y como siempre, (ya se estaba haciendo costumbre) guardé inconscientemente una fila de seis puestos. ¿Para quién? no sé, pero fué en ese mismo momento que vine a caer que, en realidad, nadie, salvo una amiga en la mañana, me había dicho para vernos en el mismo lugar de siempre. Dicho en otras palabras, estaba tan solo como la una.
Lo extraño de la cuestión no es eso. Por lo general yo siempre asisto a los juegos del Caracas solo. Pero en virtud de lo que se jugaba ayer, (un título ni más ni menos), en mi mente infantil pensé que no menos de 7 u 8 de esos "asiduos" fanáticos que me acompañaron y me reventaron el celular con mensajes para partidos con un poco menos de trascendencia, estarían en ese momento a punto de llamarme para preguntarme la ya acostumbrada frase: "¿Donde siempre no? Ya estoy saliendo para allá!!!"...
Pero bueno, la tarde era todavía joven, así que igualmente guardé mis acostumbrados 6 puestos y me dispuse a disfrutar del paisaje: la entrada cada vez más numerosa de aficionados y aficionadas al estadio. Banderas, camisas, gorras, trapos, todo señalaba que sí, que aparentemente, y por lo menos en ese estadio, el Caracas ya había logrado el primer triunfo del día: había vencido nada más y nada menos que al Inter y al Barcelona, por lo menos en el alma de esos fanáticos que cada vez más, plenaban las sillas del Olímpico.
Ya a 15 minutos del inicio del juego, supe con certeza que nadie vendría a llenar los puestos que guardaba. La amiga que me había confirmado en la mañana tuvo un evento familiar que "no la dejaba" salir de donde estaba. Ni modo, le dije. La celebración sería cuestión de uno. Sentí un poco de envidia, lo confieso, cuando veía a cada grupo de gente (señores mayores, adolescentes, parejas de novios, familias enteras) llegar acompañados de ruido, de alegría, de chalequeos, de ansias de celebrar. Pero bueno, así son las cosas, como diría el filósofo Oscar Yanez. Me olvidé de mi voluntaria soledad y me dispuse, como no, a disfrutar de lo que venía a disfrutar: del fútbol y de mi adorado Rojo.
El ambiente, valga decirlo, daba para ilusionarse. Casi toda la grada repleta. Cánticos iban y venían. Los equipos que se asomaban al túnel y ya empezaba el tradicional "Dale Roo", el cual iba subiendo en intensidad con cada minuto que pasaba. Los equipos que salen y entonces, la locura. Fuegos Artificiales y el tradicional tifo, el cual estuvo (como siempre) a la altura de las circunstancias. No en vano, se estaba recibiendo a un futuro campeón.
Suena el Himno Nacional y el estadio entero se estremece con la tradicional frase: "Seguid el Ejemplo que Caracas dió". No había duda. Esa gente estaba entregada a su equipo. Por 90 minutos, pensé, no existe Real Madrid, ni Barcelona ni Inter que pueda con el Rojo. Y una leve sonrisa de orgullo de tener puesta, en ese justo momento la camisa de mi ciudad, me cubrió el rostro. Vamos Caracas!!!!!....
Pitazo inicial y comienza el ataque despiadado del Rojo, tanto en la cancha como en la tribuna. Lo que el Lobo Guerra, la Pulga Gomez y Aristiguieta hacen en la cancha, simbólicamente se reproduce en la grada con los cánticos de la Barra. No debe ser fácil para ningún equipo jugar con una hinchada que te putea los 90 minutos. Menos para el árbitro. Caracas tiene que ganar y lo sabe, por lo que se lanza al arco contrario sin ninguna contemplación.
Para este momento ya un grupo de como 7 panas desconocidos había invadido mi espacio en el estadio. Un poco incómodo al principio, estos tipos al final se convirtieron en los únicos con los que pude entablar algún tipo de celebración. Pero bueno, al momento me sirvieron para enterarme que el Deportivo Italia, que había comenzado perdiendo 0-1, había dado la vuelta al marcador y ahora ganaba 2-1. Con ese resultado, y el 0-0 del Caracas, perdíamos el título.
No obstante, el ruido en la tribuna, los cánticos de la Barra y la movilidad de los mediocampistas del Rojo surtieron efecto. Bustamante que hace un centro imposible y Romero, (más imposible todavía) que la cabecea para llevarla al fondo de la red. Corría el minuto 37 y el estadio se venía abajo. Y es que ese no era solo un gol, !era el gol del campeonato!!!!!... Abrazos, manos en alto, y el tradicional "Poropopó el que no salte es pescadero maricón" invadían el coso olímpico. Yo me conformé con gritar el gol y chocar las palmas con el panita de la radio de al lado.
Fin del Primer Tiempo y el Caracas, con ese resultado era campeón. Sonrisas, alegrías y cerveza corrían a montones en el estadio. Solo faltaban 45 minutos más y el título sería del equipo de casa. Caracas jugaba un excelente partido y no parecía que nadie pudiera arrebatarle el campeonato. Se venía la final contra Tachira.
Comienzo del Segundo Tiempo y la tónica del primero no cambió. El Rojo se lanzaba al ataque y solo las intervenciones milagrosas del portero visitante evitaron que cayera el segundo gol. Pasaban los minutos y, no obstante no poder concretar una cuota de goles mas confiable, el equipo funcionaba bien. Los visitantes casi no llegaban al arco local y, cuando lo hacían, Renny Vega se encargaba de justificar su, seguramente, alto salario.
Los minutos pasaban y con cada paso de los mismos el público se alborotaba más y más. A falta de 10 minutos, la polícia comenzó a rodear la pista olímpica en previsión de posibles invasiones al campo de los aficionados. El personal de seguridad colocaba barandas de seguridad justo en frente de la Tribuna Sur. El "Dale Roooo" casi podía apostar que se escuchaba a varios kilómetros a la redoma. El público estaba de pie, observando los minutos finales con absoluta ansiedad de celebración.
Y fue entonces cuando sucedió. 5 minutos antes ya me estaba inquietando la cuestión de que el Anzoategui estaba atacando como que mucho y tuve un mal presentimiento. Pero allí mismo me lo quité de la cabeza. Esas cosas que yo ví en tantos y tantos partidos, donde un equipo ataca y ataca y no termina de noquear, y ese otro equipo que a la calladita ataca una vez y hace el daño para siempre, no iba a suceder allí. No a mi Rojo. No a mi Caracas, mucho menos cuando estamos a 4 minutos de un título.
Pero pasó. En una jugada de otro partido, a dos minutos del final, el portero del equipo visitante recoge un balón casi en la mitad de la cancha y después de driblar torpemente (pero lo hace) al delantero del Rojo, tira un pase que ni Zidane en sus mejores momentos. El pase es parcialmente rechazado por la defensa caraquista y entonces, el drama. El jugador visitante que recibe el rechaze, avanza 3 pasos y tira el escopetazo, abajo y a un palo. Pelota a la red y tragedia a la tribuna.
Dicen que el día en que Schiaffino y Gigghia se encargaron de liquidar a Brasil en el famoso "Maracanazo" del Mundial del 50, el silencio de las 200.000 personas presentes en ese momento pudo ser claramente oído. Pues, ayer no eramos 200.000, pero les aseguro que la escena se repitió justo antes mis ojos. Cuando ese balón entró en el arco del Caracas, se los juro!!!, se escuchó el silencio de 12.000 personas. Increíble.
Manos a la cabeza. Bocas abiertas. Ni siquiera se escuchó el típico "coñ....de su madre..". Nada. La gente se quedó paralizada, incrédula, ante lo que estaba sucediendo frente a sus ojos. Anzoategui empataba el juego a los 43 minutos del segundo tiempo. Con ese resultado, y la victoria del Italia 2-1 sobre el Lara, todo se acababa. Caracas no era el campeón. Caracas no jugaría la final del Campeonato Nacional contra nuestro acérrimo enemigo. No había fase de Grupo de Libertadores para el próximo año. No había celebración. No había nada.
Nadie se enteró de que el juego se reanudó. La Barra, siempre fiel, todavía cantaba, tratando de alentar, pero ya no se sentía la fuerza de dos minutos antes. El árbitro dió 3 minutos de descuento. Los jugadores visitantes se lanzaban al piso en cada jugada y los locales perdían la cabeza. El epílogo del juego fue una constante e inútil lanzadera de centros que siempre acabaron en las manos del portero rival. Yo, por mi parte, no podía quitarme los brazos de la cabeza, en plena correspondencia con la señal internacional del aficionado incrédulo, que ve como su equipo pierde el campeonato dos minutos antes del final del partido.
Sonó el pitazo final del juego. Los jugadores del Caracas se lanzan al piso, derrotados. El silencio sigue reinando en el estadio. Se comienzan a ver algunos rostros llorosos. Otros sí ya entonan la tradicional maldición venezolana y empiezan a recordar todos los partidos en los cuales el Rojo perdió el título. Yo solo observaba el campo de juego, viendo la celebración de los visitantes y el retiro cabizbajo de los colores de mi vida. No podía ni quería moverme de mi sitio favorito del mundo.
Todo sucedió como una pequeña marea que poco a poco se va levantando hasta convertirse en un tsunami que arrasa con todo. Comenzó como un rumor, luego como una pequeña algarabía, continuó como un estruendo y terminó con una explosión. Se lanzó el primero. Luego dos más. Después fueron 10, y terminó como con 300 aficionados de la Barra corriendo como locos, con sus banderas al aire, al centro del campo para saltar y gritar como locos. Entonces ya el rumor se había esparcido por todo el estadio: !!!El Lara le había empatado al Italia en el minuto 91!!!!!...!!!en el último minuto!!!!!!...con ese resultado, el Caracas era el campeón!!!!!!.....
La fiesta volvía al Olímpico. Ahora sí volvieron los cánticos, los abrazos, los saltos, el choque de palmas y manos entre amigos y desconocidos. El milagro se había producido. De repente todo el mundo se acordó que el juego no se acaba hasta que se acaba. Caracas era el campeón. Había final contra el Táchira. Los aficionados invadieron el campo, y la celebración de esa gente se extendería por mucho tiempo más.
Yo, por mi parte, me conformé con chocarle la mano a los panas que habían invadido el espacio que guardé para gente invisible, y después de respirar profundo, y observar por un rato la celebración del público, tanto en las gradas como en el campo, emprendí mi camino de vuelta a casa, tan solo como llegué.
Y camino a mi hogar, fuera ya de ese planeta rojo y negro de celebración, alegría y emoción, me puse a reflexionar un poco sobre lo que había vivido en esas 3 horas históricas e inolvidables para el fútbol nacional. Sin lugar a dudas, había asistido a uno (sino el más) de los finales mas infartantes y emocionantes en la historia de nuestro fútbol, Y con resultado a favor además, lo cual le dió un sabor más dulzón a la cuestión.
Pero observando a la gente en el metro, y en las calles, me pude percatar como esos momentos de emoción, de alegría, de tensión y de pasión tan propios del fútbol, y que solo se pueden vivir en un estadio, siguen siendo propiedad de unos pocos afortunados en esta ciudad. Afuera, la ciudad ni se enteraba que su equipo había ganado una de las finales mas trágicas en la historia de su limitado fútbol.
Y es que la gente sí sabía que el Barcelona había ganado en España. Y hasta fuegos artificiales se escucharon por mi casa cuando el Inter finiquitó su asunto en Italia, pero, ¿¿que el Caracas había ganado el Torneo Clausura?? en realidad, la mayoría no sabe que es el Torneo Clausura.
Y trataba de imaginarme entonces como sería la escena en ese momento en Barcelona, con la gente llenando las plazas y calles con bailes y celebraciones, festejando el título del equipo de su ciudad. Igual la mitad de Milán, celebrando el título del Inter. Imaginaba a mi equivalente catalán o interista en su mismo lugar de siempre en su estadio, pero rodeado de todos sus amigos, abrazandose con ellos, gritando juntos cada gol, y emborrachando juntos la ciudad, y no allí, solo en un vagón del metro, celebrando en silencio mientras la mayoría de la gente lo ve con algo de extrañeza por tener esa rara bufanda y esa peculiar franela roja.
Uno comprende entonces la distancia abismal que nos separa del fútbol de aquellos lados. Pero no hablo solo dentro del campo, sino, sobre todo, afuera de él. En las tribunas, en la pasión de la gente, en la identificación con lo que es suyo. Me acordé también de los panas, de los que hace tan solo 3 meses me estresaban porque yo no podía guardarles tantos puestos en el estadio. Solo podía guardarles 6, y ellos llegaron a ser como 12 o 13 en un solo partido. ¿Donde se habían metido?
Claro, ahora con las redes sociales es muy fácil manifestar amor por las cosas. Apenas abrí el Twitter veías a esos mismos panas, que durante todo el día celebraron la victoria del Inter o del Barsa, haciendo referencia a la victoria del Caracas (eso sí, puro RT, ni siquiera son capaces de poner algo por ellos mismos). Igualmente en Facebook, algún alma generosa se acordó de que, además del super Barcelona, también el Rojo había quedado campeón. Son los "fanáticos virtuales". Son del Caracas, sí claro, pero no se acercan a verlo en el partido más importante del año. Van a verlo en juegos mas intrascendentes, pero cuando se juega el título, eso no es con ellos.
Yo no critico nada de esto. Total, definitivamente, cada quien tiene su visión de las cosas, y nadie es quien para decirle a alguien como y cuando debe apoyar o no a un equipo o a lo que sea. Sencillamente no deja de asombrarme (sobre todo en el caso de mis panas) como pueden emocionarse (de manera legítima por demás) con unos juegos por TV, pero se privan a sí mismo de disfrutar lo mismo, a un nivel superior (porque estás en el mismo escenario) de iguales sensaciones de emoción y pasión. Y es que, por lo menos el día de ayer, ninguna liga en el Mundo, tuvo un final tan emocionante como lo tuvo la liga venezolana. Y ellos tenían la posibilidad de verlo, no a 3.000 km de distancia, sino a tan solo 20 minutos máximo de donde sea que estuvieran.
Así, que mientras en Barcelona y en Milán la gente celebraba con amigos y familiares, aquí en Caracas yo celebraba conmigo mismo. Se extrañó no tener a nadie con quien chocar palmas e intercambiar abrazos, pero uno ya está acostumbrado. Ya uno se acostumbra al desamor de la ciudad con su equipo. Y aquí lo digo sin tapujos: salvo los 12.000 que asistieron ayer, esta ciudad no se merece tener a un equipo tan bueno como el Caracas FC.
Y es que el Caracas FC me recuerda, en su relación con la ciudad, a aquellas novias que lo dan todo y todo por su adorado tormento, pero sin embargo, éste le monta cacho con cuanta caraja buena se le presenta, en especial si es rica y famosa. Sin embargo, siempre vuelve la pendeja a perdonarlo. O como aquél hombre sencillo que quiere sinceramente a una mujer, pero aquella prefiere es salir con cuanto tipo millonario y famoso se le presenta, sin importar si es correspondida en su entrega. Cosas de la vida pues. Entonces al Caracas le es aplicable , en su relación con la ciudad, cuanta canción de despecho suene por allí, que hable de amores sinceros y nunca correspondidos.
Ahora se viene la gran final de nuestro fútbol, con los dos acérrimos rivales: Caracas-Tachira..dos partidos para coger palco. Seguramente llena de la emoción y colorido que solo puede ofrecer nuestro fútbol. Y allí estaré yo también, como siempre, sin perderme un minuto de las emociones que otros solo pueden ver por TV.
Pero algo sí es seguro. Tiré la toalla con cualquier fanático virtual del equipo. Se acabó la fuerza de mi mano izquierda, como dice una conocida canción de Maná. Ya no guardo puesto a nadie, mucho menos a gente invisible. El que quiera ser parte de estas emociones y pasiones, que se lance como yo 2 horas antes y se cale el sol del día. No es por ser mala gente ni nada, pero, ¿por que privar a un verdadero fanático de los mejores puestos del estadio por panas que, a más no dudarlo, disfrutan mejor las cosas por TV, Twitter o Facebook?
Y es que allí de manera virtual, también se disfruta de la emoción. Es la emoción de los que no se dejan emocionar...
En lo que a mí respecta, dicha ocasión amerita dejar a un lado incluso el ya adictivo y tradicional "running" dominguero, para, en un acto de absoluto cumplimiento para con esa religión hereje del cual soy seguidor, prepararme para disfrutar de cada una de las definiciones de estos campeonatos.
Dejando a un lado los resultados de las ligas de España e Italia, (del cual ya seguramente todos saben los previsibles y celebrados finales), el foco de mi atención, como era de esperarse, era el desenlace del torneo nacional en su capítulo del Clausura. 3 equipos llegaban con claras opciones a la última jornada: Caracas FC, Deportivo Italia y Deportivo Tachira. Al Rojo de la capital le bastaba ganar su compromiso de local contra el Anzoategui para conseguir el título. Los otros dos tenían que ganar sus respectivos partidos y esperar un resbalón del Caracas en su patio.
Como es usual en mí, me acerqué temprano al histórico Estadio Olímpico de la UCV. Para mi sorpresa, ya se notaba un inesperado movimiento de fanáticos ataviados con sus colores rojos y negros. Debo confesar lo agradable que fué para mis ojos poder observar como, no obstante todavía a esa hora estar jugando el todopoderoso FC Barcelona, era mucha ya la gente que se apersonaba en las afueras del estadio. Parecía como sí, por una vez en la vida, el equipo de la ciudad en donde viven esas personas era más importante para ellos que una Institución que está a no menos de 3.000 Km de distancia.
Una vez adentro, me dirigí a mi sempiterno lugar, grada central, justo en la mitad del campo, arriba hasta el final debajo de la bandera de Venezuela. Y como siempre, (ya se estaba haciendo costumbre) guardé inconscientemente una fila de seis puestos. ¿Para quién? no sé, pero fué en ese mismo momento que vine a caer que, en realidad, nadie, salvo una amiga en la mañana, me había dicho para vernos en el mismo lugar de siempre. Dicho en otras palabras, estaba tan solo como la una.
Lo extraño de la cuestión no es eso. Por lo general yo siempre asisto a los juegos del Caracas solo. Pero en virtud de lo que se jugaba ayer, (un título ni más ni menos), en mi mente infantil pensé que no menos de 7 u 8 de esos "asiduos" fanáticos que me acompañaron y me reventaron el celular con mensajes para partidos con un poco menos de trascendencia, estarían en ese momento a punto de llamarme para preguntarme la ya acostumbrada frase: "¿Donde siempre no? Ya estoy saliendo para allá!!!"...
Pero bueno, la tarde era todavía joven, así que igualmente guardé mis acostumbrados 6 puestos y me dispuse a disfrutar del paisaje: la entrada cada vez más numerosa de aficionados y aficionadas al estadio. Banderas, camisas, gorras, trapos, todo señalaba que sí, que aparentemente, y por lo menos en ese estadio, el Caracas ya había logrado el primer triunfo del día: había vencido nada más y nada menos que al Inter y al Barcelona, por lo menos en el alma de esos fanáticos que cada vez más, plenaban las sillas del Olímpico.
Ya a 15 minutos del inicio del juego, supe con certeza que nadie vendría a llenar los puestos que guardaba. La amiga que me había confirmado en la mañana tuvo un evento familiar que "no la dejaba" salir de donde estaba. Ni modo, le dije. La celebración sería cuestión de uno. Sentí un poco de envidia, lo confieso, cuando veía a cada grupo de gente (señores mayores, adolescentes, parejas de novios, familias enteras) llegar acompañados de ruido, de alegría, de chalequeos, de ansias de celebrar. Pero bueno, así son las cosas, como diría el filósofo Oscar Yanez. Me olvidé de mi voluntaria soledad y me dispuse, como no, a disfrutar de lo que venía a disfrutar: del fútbol y de mi adorado Rojo.
El ambiente, valga decirlo, daba para ilusionarse. Casi toda la grada repleta. Cánticos iban y venían. Los equipos que se asomaban al túnel y ya empezaba el tradicional "Dale Roo", el cual iba subiendo en intensidad con cada minuto que pasaba. Los equipos que salen y entonces, la locura. Fuegos Artificiales y el tradicional tifo, el cual estuvo (como siempre) a la altura de las circunstancias. No en vano, se estaba recibiendo a un futuro campeón.
Suena el Himno Nacional y el estadio entero se estremece con la tradicional frase: "Seguid el Ejemplo que Caracas dió". No había duda. Esa gente estaba entregada a su equipo. Por 90 minutos, pensé, no existe Real Madrid, ni Barcelona ni Inter que pueda con el Rojo. Y una leve sonrisa de orgullo de tener puesta, en ese justo momento la camisa de mi ciudad, me cubrió el rostro. Vamos Caracas!!!!!....
Pitazo inicial y comienza el ataque despiadado del Rojo, tanto en la cancha como en la tribuna. Lo que el Lobo Guerra, la Pulga Gomez y Aristiguieta hacen en la cancha, simbólicamente se reproduce en la grada con los cánticos de la Barra. No debe ser fácil para ningún equipo jugar con una hinchada que te putea los 90 minutos. Menos para el árbitro. Caracas tiene que ganar y lo sabe, por lo que se lanza al arco contrario sin ninguna contemplación.
Para este momento ya un grupo de como 7 panas desconocidos había invadido mi espacio en el estadio. Un poco incómodo al principio, estos tipos al final se convirtieron en los únicos con los que pude entablar algún tipo de celebración. Pero bueno, al momento me sirvieron para enterarme que el Deportivo Italia, que había comenzado perdiendo 0-1, había dado la vuelta al marcador y ahora ganaba 2-1. Con ese resultado, y el 0-0 del Caracas, perdíamos el título.
No obstante, el ruido en la tribuna, los cánticos de la Barra y la movilidad de los mediocampistas del Rojo surtieron efecto. Bustamante que hace un centro imposible y Romero, (más imposible todavía) que la cabecea para llevarla al fondo de la red. Corría el minuto 37 y el estadio se venía abajo. Y es que ese no era solo un gol, !era el gol del campeonato!!!!!... Abrazos, manos en alto, y el tradicional "Poropopó el que no salte es pescadero maricón" invadían el coso olímpico. Yo me conformé con gritar el gol y chocar las palmas con el panita de la radio de al lado.
Fin del Primer Tiempo y el Caracas, con ese resultado era campeón. Sonrisas, alegrías y cerveza corrían a montones en el estadio. Solo faltaban 45 minutos más y el título sería del equipo de casa. Caracas jugaba un excelente partido y no parecía que nadie pudiera arrebatarle el campeonato. Se venía la final contra Tachira.
Comienzo del Segundo Tiempo y la tónica del primero no cambió. El Rojo se lanzaba al ataque y solo las intervenciones milagrosas del portero visitante evitaron que cayera el segundo gol. Pasaban los minutos y, no obstante no poder concretar una cuota de goles mas confiable, el equipo funcionaba bien. Los visitantes casi no llegaban al arco local y, cuando lo hacían, Renny Vega se encargaba de justificar su, seguramente, alto salario.
Los minutos pasaban y con cada paso de los mismos el público se alborotaba más y más. A falta de 10 minutos, la polícia comenzó a rodear la pista olímpica en previsión de posibles invasiones al campo de los aficionados. El personal de seguridad colocaba barandas de seguridad justo en frente de la Tribuna Sur. El "Dale Roooo" casi podía apostar que se escuchaba a varios kilómetros a la redoma. El público estaba de pie, observando los minutos finales con absoluta ansiedad de celebración.
Y fue entonces cuando sucedió. 5 minutos antes ya me estaba inquietando la cuestión de que el Anzoategui estaba atacando como que mucho y tuve un mal presentimiento. Pero allí mismo me lo quité de la cabeza. Esas cosas que yo ví en tantos y tantos partidos, donde un equipo ataca y ataca y no termina de noquear, y ese otro equipo que a la calladita ataca una vez y hace el daño para siempre, no iba a suceder allí. No a mi Rojo. No a mi Caracas, mucho menos cuando estamos a 4 minutos de un título.
Pero pasó. En una jugada de otro partido, a dos minutos del final, el portero del equipo visitante recoge un balón casi en la mitad de la cancha y después de driblar torpemente (pero lo hace) al delantero del Rojo, tira un pase que ni Zidane en sus mejores momentos. El pase es parcialmente rechazado por la defensa caraquista y entonces, el drama. El jugador visitante que recibe el rechaze, avanza 3 pasos y tira el escopetazo, abajo y a un palo. Pelota a la red y tragedia a la tribuna.
Dicen que el día en que Schiaffino y Gigghia se encargaron de liquidar a Brasil en el famoso "Maracanazo" del Mundial del 50, el silencio de las 200.000 personas presentes en ese momento pudo ser claramente oído. Pues, ayer no eramos 200.000, pero les aseguro que la escena se repitió justo antes mis ojos. Cuando ese balón entró en el arco del Caracas, se los juro!!!, se escuchó el silencio de 12.000 personas. Increíble.
Manos a la cabeza. Bocas abiertas. Ni siquiera se escuchó el típico "coñ....de su madre..". Nada. La gente se quedó paralizada, incrédula, ante lo que estaba sucediendo frente a sus ojos. Anzoategui empataba el juego a los 43 minutos del segundo tiempo. Con ese resultado, y la victoria del Italia 2-1 sobre el Lara, todo se acababa. Caracas no era el campeón. Caracas no jugaría la final del Campeonato Nacional contra nuestro acérrimo enemigo. No había fase de Grupo de Libertadores para el próximo año. No había celebración. No había nada.
Nadie se enteró de que el juego se reanudó. La Barra, siempre fiel, todavía cantaba, tratando de alentar, pero ya no se sentía la fuerza de dos minutos antes. El árbitro dió 3 minutos de descuento. Los jugadores visitantes se lanzaban al piso en cada jugada y los locales perdían la cabeza. El epílogo del juego fue una constante e inútil lanzadera de centros que siempre acabaron en las manos del portero rival. Yo, por mi parte, no podía quitarme los brazos de la cabeza, en plena correspondencia con la señal internacional del aficionado incrédulo, que ve como su equipo pierde el campeonato dos minutos antes del final del partido.
Sonó el pitazo final del juego. Los jugadores del Caracas se lanzan al piso, derrotados. El silencio sigue reinando en el estadio. Se comienzan a ver algunos rostros llorosos. Otros sí ya entonan la tradicional maldición venezolana y empiezan a recordar todos los partidos en los cuales el Rojo perdió el título. Yo solo observaba el campo de juego, viendo la celebración de los visitantes y el retiro cabizbajo de los colores de mi vida. No podía ni quería moverme de mi sitio favorito del mundo.
Todo sucedió como una pequeña marea que poco a poco se va levantando hasta convertirse en un tsunami que arrasa con todo. Comenzó como un rumor, luego como una pequeña algarabía, continuó como un estruendo y terminó con una explosión. Se lanzó el primero. Luego dos más. Después fueron 10, y terminó como con 300 aficionados de la Barra corriendo como locos, con sus banderas al aire, al centro del campo para saltar y gritar como locos. Entonces ya el rumor se había esparcido por todo el estadio: !!!El Lara le había empatado al Italia en el minuto 91!!!!!...!!!en el último minuto!!!!!!...con ese resultado, el Caracas era el campeón!!!!!!.....
La fiesta volvía al Olímpico. Ahora sí volvieron los cánticos, los abrazos, los saltos, el choque de palmas y manos entre amigos y desconocidos. El milagro se había producido. De repente todo el mundo se acordó que el juego no se acaba hasta que se acaba. Caracas era el campeón. Había final contra el Táchira. Los aficionados invadieron el campo, y la celebración de esa gente se extendería por mucho tiempo más.
Yo, por mi parte, me conformé con chocarle la mano a los panas que habían invadido el espacio que guardé para gente invisible, y después de respirar profundo, y observar por un rato la celebración del público, tanto en las gradas como en el campo, emprendí mi camino de vuelta a casa, tan solo como llegué.
Y camino a mi hogar, fuera ya de ese planeta rojo y negro de celebración, alegría y emoción, me puse a reflexionar un poco sobre lo que había vivido en esas 3 horas históricas e inolvidables para el fútbol nacional. Sin lugar a dudas, había asistido a uno (sino el más) de los finales mas infartantes y emocionantes en la historia de nuestro fútbol, Y con resultado a favor además, lo cual le dió un sabor más dulzón a la cuestión.
Pero observando a la gente en el metro, y en las calles, me pude percatar como esos momentos de emoción, de alegría, de tensión y de pasión tan propios del fútbol, y que solo se pueden vivir en un estadio, siguen siendo propiedad de unos pocos afortunados en esta ciudad. Afuera, la ciudad ni se enteraba que su equipo había ganado una de las finales mas trágicas en la historia de su limitado fútbol.
Y es que la gente sí sabía que el Barcelona había ganado en España. Y hasta fuegos artificiales se escucharon por mi casa cuando el Inter finiquitó su asunto en Italia, pero, ¿¿que el Caracas había ganado el Torneo Clausura?? en realidad, la mayoría no sabe que es el Torneo Clausura.
Y trataba de imaginarme entonces como sería la escena en ese momento en Barcelona, con la gente llenando las plazas y calles con bailes y celebraciones, festejando el título del equipo de su ciudad. Igual la mitad de Milán, celebrando el título del Inter. Imaginaba a mi equivalente catalán o interista en su mismo lugar de siempre en su estadio, pero rodeado de todos sus amigos, abrazandose con ellos, gritando juntos cada gol, y emborrachando juntos la ciudad, y no allí, solo en un vagón del metro, celebrando en silencio mientras la mayoría de la gente lo ve con algo de extrañeza por tener esa rara bufanda y esa peculiar franela roja.
Uno comprende entonces la distancia abismal que nos separa del fútbol de aquellos lados. Pero no hablo solo dentro del campo, sino, sobre todo, afuera de él. En las tribunas, en la pasión de la gente, en la identificación con lo que es suyo. Me acordé también de los panas, de los que hace tan solo 3 meses me estresaban porque yo no podía guardarles tantos puestos en el estadio. Solo podía guardarles 6, y ellos llegaron a ser como 12 o 13 en un solo partido. ¿Donde se habían metido?
Claro, ahora con las redes sociales es muy fácil manifestar amor por las cosas. Apenas abrí el Twitter veías a esos mismos panas, que durante todo el día celebraron la victoria del Inter o del Barsa, haciendo referencia a la victoria del Caracas (eso sí, puro RT, ni siquiera son capaces de poner algo por ellos mismos). Igualmente en Facebook, algún alma generosa se acordó de que, además del super Barcelona, también el Rojo había quedado campeón. Son los "fanáticos virtuales". Son del Caracas, sí claro, pero no se acercan a verlo en el partido más importante del año. Van a verlo en juegos mas intrascendentes, pero cuando se juega el título, eso no es con ellos.
Yo no critico nada de esto. Total, definitivamente, cada quien tiene su visión de las cosas, y nadie es quien para decirle a alguien como y cuando debe apoyar o no a un equipo o a lo que sea. Sencillamente no deja de asombrarme (sobre todo en el caso de mis panas) como pueden emocionarse (de manera legítima por demás) con unos juegos por TV, pero se privan a sí mismo de disfrutar lo mismo, a un nivel superior (porque estás en el mismo escenario) de iguales sensaciones de emoción y pasión. Y es que, por lo menos el día de ayer, ninguna liga en el Mundo, tuvo un final tan emocionante como lo tuvo la liga venezolana. Y ellos tenían la posibilidad de verlo, no a 3.000 km de distancia, sino a tan solo 20 minutos máximo de donde sea que estuvieran.
Así, que mientras en Barcelona y en Milán la gente celebraba con amigos y familiares, aquí en Caracas yo celebraba conmigo mismo. Se extrañó no tener a nadie con quien chocar palmas e intercambiar abrazos, pero uno ya está acostumbrado. Ya uno se acostumbra al desamor de la ciudad con su equipo. Y aquí lo digo sin tapujos: salvo los 12.000 que asistieron ayer, esta ciudad no se merece tener a un equipo tan bueno como el Caracas FC.
Y es que el Caracas FC me recuerda, en su relación con la ciudad, a aquellas novias que lo dan todo y todo por su adorado tormento, pero sin embargo, éste le monta cacho con cuanta caraja buena se le presenta, en especial si es rica y famosa. Sin embargo, siempre vuelve la pendeja a perdonarlo. O como aquél hombre sencillo que quiere sinceramente a una mujer, pero aquella prefiere es salir con cuanto tipo millonario y famoso se le presenta, sin importar si es correspondida en su entrega. Cosas de la vida pues. Entonces al Caracas le es aplicable , en su relación con la ciudad, cuanta canción de despecho suene por allí, que hable de amores sinceros y nunca correspondidos.
Ahora se viene la gran final de nuestro fútbol, con los dos acérrimos rivales: Caracas-Tachira..dos partidos para coger palco. Seguramente llena de la emoción y colorido que solo puede ofrecer nuestro fútbol. Y allí estaré yo también, como siempre, sin perderme un minuto de las emociones que otros solo pueden ver por TV.
Pero algo sí es seguro. Tiré la toalla con cualquier fanático virtual del equipo. Se acabó la fuerza de mi mano izquierda, como dice una conocida canción de Maná. Ya no guardo puesto a nadie, mucho menos a gente invisible. El que quiera ser parte de estas emociones y pasiones, que se lance como yo 2 horas antes y se cale el sol del día. No es por ser mala gente ni nada, pero, ¿por que privar a un verdadero fanático de los mejores puestos del estadio por panas que, a más no dudarlo, disfrutan mejor las cosas por TV, Twitter o Facebook?
Y es que allí de manera virtual, también se disfruta de la emoción. Es la emoción de los que no se dejan emocionar...
"Y cuando al fin comprendas, que el amor bonito lo tenías conmigo,
vas a extrañar mis besos en los propios labios del que esté contigo...
se me acabó la fuerza y te solté la rienda..."
vas a extrañar mis besos en los propios labios del que esté contigo...
se me acabó la fuerza y te solté la rienda..."

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