lunes, 17 de mayo de 2010

LA EMOCION DE LOS QUE NO SE DEJARON EMOCIONAR...(Crónica de un Título Imposible)

"...Se ha perdido esta bella locura su breve cintura debajo de mí,
se ha perdido mi forma de amar, se ha perdido mi huella en su mar..." (Silvio Rodríguez, Óleo de Mujer con Sombrero)

Ayer fué un día muy especial, desde el punto de vista futbolístico claro. Era una jornada de definiciones, de hoy o nunca. Por esas cosas del destino, en un mismo día se iban a decidir 3 campeonatos que guardan (o en teoría deberían guardar)íntima relación con los venezolanos: el Calcio, la Liga de España y por supuesto, el Torneo Clausura de nuestro querido fútbol venezolano.

En lo que a mí respecta, dicha ocasión amerita dejar a un lado incluso el ya adictivo y tradicional "running" dominguero, para, en un acto de absoluto cumplimiento para con esa religión hereje del cual soy seguidor, prepararme para disfrutar de cada una de las definiciones de estos campeonatos.

Dejando a un lado los resultados de las ligas de España e Italia, (del cual ya seguramente todos saben los previsibles y celebrados finales), el foco de mi atención, como era de esperarse, era el desenlace del torneo nacional en su capítulo del Clausura. 3 equipos llegaban con claras opciones a la última jornada: Caracas FC, Deportivo Italia y Deportivo Tachira. Al Rojo de la capital le bastaba ganar su compromiso de local contra el Anzoategui para conseguir el título. Los otros dos tenían que ganar sus respectivos partidos y esperar un resbalón del Caracas en su patio.

Como es usual en mí, me acerqué temprano al histórico Estadio Olímpico de la UCV. Para mi sorpresa, ya se notaba un inesperado movimiento de fanáticos ataviados con sus colores rojos y negros. Debo confesar lo agradable que fué para mis ojos poder observar como, no obstante todavía a esa hora estar jugando el todopoderoso FC Barcelona, era mucha ya la gente que se apersonaba en las afueras del estadio. Parecía como sí, por una vez en la vida, el equipo de la ciudad en donde viven esas personas era más importante para ellos que una Institución que está a no menos de 3.000 Km de distancia.

Una vez adentro, me dirigí a mi sempiterno lugar, grada central, justo en la mitad del campo, arriba hasta el final debajo de la bandera de Venezuela. Y como siempre, (ya se estaba haciendo costumbre) guardé inconscientemente una fila de seis puestos. ¿Para quién? no sé, pero fué en ese mismo momento que vine a caer que, en realidad, nadie, salvo una amiga en la mañana, me había dicho para vernos en el mismo lugar de siempre. Dicho en otras palabras, estaba tan solo como la una.

Lo extraño de la cuestión no es eso. Por lo general yo siempre asisto a los juegos del Caracas solo. Pero en virtud de lo que se jugaba ayer, (un título ni más ni menos), en mi mente infantil pensé que no menos de 7 u 8 de esos "asiduos" fanáticos que me acompañaron y me reventaron el celular con mensajes para partidos con un poco menos de trascendencia, estarían en ese momento a punto de llamarme para preguntarme la ya acostumbrada frase: "¿Donde siempre no? Ya estoy saliendo para allá!!!"...

Pero bueno, la tarde era todavía joven, así que igualmente guardé mis acostumbrados 6 puestos y me dispuse a disfrutar del paisaje: la entrada cada vez más numerosa de aficionados y aficionadas al estadio. Banderas, camisas, gorras, trapos, todo señalaba que sí, que aparentemente, y por lo menos en ese estadio, el Caracas ya había logrado el primer triunfo del día: había vencido nada más y nada menos que al Inter y al Barcelona, por lo menos en el alma de esos fanáticos que cada vez más, plenaban las sillas del Olímpico.

Ya a 15 minutos del inicio del juego, supe con certeza que nadie vendría a llenar los puestos que guardaba. La amiga que me había confirmado en la mañana tuvo un evento familiar que "no la dejaba" salir de donde estaba. Ni modo, le dije. La celebración sería cuestión de uno. Sentí un poco de envidia, lo confieso, cuando veía a cada grupo de gente (señores mayores, adolescentes, parejas de novios, familias enteras) llegar acompañados de ruido, de alegría, de chalequeos, de ansias de celebrar. Pero bueno, así son las cosas, como diría el filósofo Oscar Yanez. Me olvidé de mi voluntaria soledad y me dispuse, como no, a disfrutar de lo que venía a disfrutar: del fútbol y de mi adorado Rojo.

El ambiente, valga decirlo, daba para ilusionarse. Casi toda la grada repleta. Cánticos iban y venían. Los equipos que se asomaban al túnel y ya empezaba el tradicional "Dale Roo", el cual iba subiendo en intensidad con cada minuto que pasaba. Los equipos que salen y entonces, la locura. Fuegos Artificiales y el tradicional tifo, el cual estuvo (como siempre) a la altura de las circunstancias. No en vano, se estaba recibiendo a un futuro campeón.

Suena el Himno Nacional y el estadio entero se estremece con la tradicional frase: "Seguid el Ejemplo que Caracas dió". No había duda. Esa gente estaba entregada a su equipo. Por 90 minutos, pensé, no existe Real Madrid, ni Barcelona ni Inter que pueda con el Rojo. Y una leve sonrisa de orgullo de tener puesta, en ese justo momento la camisa de mi ciudad, me cubrió el rostro. Vamos Caracas!!!!!....

Pitazo inicial y comienza el ataque despiadado del Rojo, tanto en la cancha como en la tribuna. Lo que el Lobo Guerra, la Pulga Gomez y Aristiguieta hacen en la cancha, simbólicamente se reproduce en la grada con los cánticos de la Barra. No debe ser fácil para ningún equipo jugar con una hinchada que te putea los 90 minutos. Menos para el árbitro. Caracas tiene que ganar y lo sabe, por lo que se lanza al arco contrario sin ninguna contemplación.

Para este momento ya un grupo de como 7 panas desconocidos había invadido mi espacio en el estadio. Un poco incómodo al principio, estos tipos al final se convirtieron en los únicos con los que pude entablar algún tipo de celebración. Pero bueno, al momento me sirvieron para enterarme que el Deportivo Italia, que había comenzado perdiendo 0-1, había dado la vuelta al marcador y ahora ganaba 2-1. Con ese resultado, y el 0-0 del Caracas, perdíamos el título.

No obstante, el ruido en la tribuna, los cánticos de la Barra y la movilidad de los mediocampistas del Rojo surtieron efecto. Bustamante que hace un centro imposible y Romero, (más imposible todavía) que la cabecea para llevarla al fondo de la red. Corría el minuto 37 y el estadio se venía abajo. Y es que ese no era solo un gol, !era el gol del campeonato!!!!!... Abrazos, manos en alto, y el tradicional "Poropopó el que no salte es pescadero maricón" invadían el coso olímpico. Yo me conformé con gritar el gol y chocar las palmas con el panita de la radio de al lado.

Fin del Primer Tiempo y el Caracas, con ese resultado era campeón. Sonrisas, alegrías y cerveza corrían a montones en el estadio. Solo faltaban 45 minutos más y el título sería del equipo de casa. Caracas jugaba un excelente partido y no parecía que nadie pudiera arrebatarle el campeonato. Se venía la final contra Tachira.

Comienzo del Segundo Tiempo y la tónica del primero no cambió. El Rojo se lanzaba al ataque y solo las intervenciones milagrosas del portero visitante evitaron que cayera el segundo gol. Pasaban los minutos y, no obstante no poder concretar una cuota de goles mas confiable, el equipo funcionaba bien. Los visitantes casi no llegaban al arco local y, cuando lo hacían, Renny Vega se encargaba de justificar su, seguramente, alto salario.

Los minutos pasaban y con cada paso de los mismos el público se alborotaba más y más. A falta de 10 minutos, la polícia comenzó a rodear la pista olímpica en previsión de posibles invasiones al campo de los aficionados. El personal de seguridad colocaba barandas de seguridad justo en frente de la Tribuna Sur. El "Dale Roooo" casi podía apostar que se escuchaba a varios kilómetros a la redoma. El público estaba de pie, observando los minutos finales con absoluta ansiedad de celebración.

Y fue entonces cuando sucedió. 5 minutos antes ya me estaba inquietando la cuestión de que el Anzoategui estaba atacando como que mucho y tuve un mal presentimiento. Pero allí mismo me lo quité de la cabeza. Esas cosas que yo ví en tantos y tantos partidos, donde un equipo ataca y ataca y no termina de noquear, y ese otro equipo que a la calladita ataca una vez y hace el daño para siempre, no iba a suceder allí. No a mi Rojo. No a mi Caracas, mucho menos cuando estamos a 4 minutos de un título.

Pero pasó. En una jugada de otro partido, a dos minutos del final, el portero del equipo visitante recoge un balón casi en la mitad de la cancha y después de driblar torpemente (pero lo hace) al delantero del Rojo, tira un pase que ni Zidane en sus mejores momentos. El pase es parcialmente rechazado por la defensa caraquista y entonces, el drama. El jugador visitante que recibe el rechaze, avanza 3 pasos y tira el escopetazo, abajo y a un palo. Pelota a la red y tragedia a la tribuna.

Dicen que el día en que Schiaffino y Gigghia se encargaron de liquidar a Brasil en el famoso "Maracanazo" del Mundial del 50, el silencio de las 200.000 personas presentes en ese momento pudo ser claramente oído. Pues, ayer no eramos 200.000, pero les aseguro que la escena se repitió justo antes mis ojos. Cuando ese balón entró en el arco del Caracas, se los juro!!!, se escuchó el silencio de 12.000 personas. Increíble.

Manos a la cabeza. Bocas abiertas. Ni siquiera se escuchó el típico "coñ....de su madre..". Nada. La gente se quedó paralizada, incrédula, ante lo que estaba sucediendo frente a sus ojos. Anzoategui empataba el juego a los 43 minutos del segundo tiempo. Con ese resultado, y la victoria del Italia 2-1 sobre el Lara, todo se acababa. Caracas no era el campeón. Caracas no jugaría la final del Campeonato Nacional contra nuestro acérrimo enemigo. No había fase de Grupo de Libertadores para el próximo año. No había celebración. No había nada.

Nadie se enteró de que el juego se reanudó. La Barra, siempre fiel, todavía cantaba, tratando de alentar, pero ya no se sentía la fuerza de dos minutos antes. El árbitro dió 3 minutos de descuento. Los jugadores visitantes se lanzaban al piso en cada jugada y los locales perdían la cabeza. El epílogo del juego fue una constante e inútil lanzadera de centros que siempre acabaron en las manos del portero rival. Yo, por mi parte, no podía quitarme los brazos de la cabeza, en plena correspondencia con la señal internacional del aficionado incrédulo, que ve como su equipo pierde el campeonato dos minutos antes del final del partido.

Sonó el pitazo final del juego. Los jugadores del Caracas se lanzan al piso, derrotados. El silencio sigue reinando en el estadio. Se comienzan a ver algunos rostros llorosos. Otros sí ya entonan la tradicional maldición venezolana y empiezan a recordar todos los partidos en los cuales el Rojo perdió el título. Yo solo observaba el campo de juego, viendo la celebración de los visitantes y el retiro cabizbajo de los colores de mi vida. No podía ni quería moverme de mi sitio favorito del mundo.

Todo sucedió como una pequeña marea que poco a poco se va levantando hasta convertirse en un tsunami que arrasa con todo. Comenzó como un rumor, luego como una pequeña algarabía, continuó como un estruendo y terminó con una explosión. Se lanzó el primero. Luego dos más. Después fueron 10, y terminó como con 300 aficionados de la Barra corriendo como locos, con sus banderas al aire, al centro del campo para saltar y gritar como locos. Entonces ya el rumor se había esparcido por todo el estadio: !!!El Lara le había empatado al Italia en el minuto 91!!!!!...!!!en el último minuto!!!!!!...con ese resultado, el Caracas era el campeón!!!!!!.....

La fiesta volvía al Olímpico. Ahora sí volvieron los cánticos, los abrazos, los saltos, el choque de palmas y manos entre amigos y desconocidos. El milagro se había producido. De repente todo el mundo se acordó que el juego no se acaba hasta que se acaba. Caracas era el campeón. Había final contra el Táchira. Los aficionados invadieron el campo, y la celebración de esa gente se extendería por mucho tiempo más.

Yo, por mi parte, me conformé con chocarle la mano a los panas que habían invadido el espacio que guardé para gente invisible, y después de respirar profundo, y observar por un rato la celebración del público, tanto en las gradas como en el campo, emprendí mi camino de vuelta a casa, tan solo como llegué.

Y camino a mi hogar, fuera ya de ese planeta rojo y negro de celebración, alegría y emoción, me puse a reflexionar un poco sobre lo que había vivido en esas 3 horas históricas e inolvidables para el fútbol nacional. Sin lugar a dudas, había asistido a uno (sino el más) de los finales mas infartantes y emocionantes en la historia de nuestro fútbol, Y con resultado a favor además, lo cual le dió un sabor más dulzón a la cuestión.

Pero observando a la gente en el metro, y en las calles, me pude percatar como esos momentos de emoción, de alegría, de tensión y de pasión tan propios del fútbol, y que solo se pueden vivir en un estadio, siguen siendo propiedad de unos pocos afortunados en esta ciudad. Afuera, la ciudad ni se enteraba que su equipo había ganado una de las finales mas trágicas en la historia de su limitado fútbol.

Y es que la gente sí sabía que el Barcelona había ganado en España. Y hasta fuegos artificiales se escucharon por mi casa cuando el Inter finiquitó su asunto en Italia, pero, ¿¿que el Caracas había ganado el Torneo Clausura?? en realidad, la mayoría no sabe que es el Torneo Clausura.

Y trataba de imaginarme entonces como sería la escena en ese momento en Barcelona, con la gente llenando las plazas y calles con bailes y celebraciones, festejando el título del equipo de su ciudad. Igual la mitad de Milán, celebrando el título del Inter. Imaginaba a mi equivalente catalán o interista en su mismo lugar de siempre en su estadio, pero rodeado de todos sus amigos, abrazandose con ellos, gritando juntos cada gol, y emborrachando juntos la ciudad, y no allí, solo en un vagón del metro, celebrando en silencio mientras la mayoría de la gente lo ve con algo de extrañeza por tener esa rara bufanda y esa peculiar franela roja.

Uno comprende entonces la distancia abismal que nos separa del fútbol de aquellos lados. Pero no hablo solo dentro del campo, sino, sobre todo, afuera de él. En las tribunas, en la pasión de la gente, en la identificación con lo que es suyo. Me acordé también de los panas, de los que hace tan solo 3 meses me estresaban porque yo no podía guardarles tantos puestos en el estadio. Solo podía guardarles 6, y ellos llegaron a ser como 12 o 13 en un solo partido. ¿Donde se habían metido?

Claro, ahora con las redes sociales es muy fácil manifestar amor por las cosas. Apenas abrí el Twitter veías a esos mismos panas, que durante todo el día celebraron la victoria del Inter o del Barsa, haciendo referencia a la victoria del Caracas (eso sí, puro RT, ni siquiera son capaces de poner algo por ellos mismos). Igualmente en Facebook, algún alma generosa se acordó de que, además del super Barcelona, también el Rojo había quedado campeón. Son los "fanáticos virtuales". Son del Caracas, sí claro, pero no se acercan a verlo en el partido más importante del año. Van a verlo en juegos mas intrascendentes, pero cuando se juega el título, eso no es con ellos.

Yo no critico nada de esto. Total, definitivamente, cada quien tiene su visión de las cosas, y nadie es quien para decirle a alguien como y cuando debe apoyar o no a un equipo o a lo que sea. Sencillamente no deja de asombrarme (sobre todo en el caso de mis panas) como pueden emocionarse (de manera legítima por demás) con unos juegos por TV, pero se privan a sí mismo de disfrutar lo mismo, a un nivel superior (porque estás en el mismo escenario) de iguales sensaciones de emoción y pasión. Y es que, por lo menos el día de ayer, ninguna liga en el Mundo, tuvo un final tan emocionante como lo tuvo la liga venezolana. Y ellos tenían la posibilidad de verlo, no a 3.000 km de distancia, sino a tan solo 20 minutos máximo de donde sea que estuvieran.

Así, que mientras en Barcelona y en Milán la gente celebraba con amigos y familiares, aquí en Caracas yo celebraba conmigo mismo. Se extrañó no tener a nadie con quien chocar palmas e intercambiar abrazos, pero uno ya está acostumbrado. Ya uno se acostumbra al desamor de la ciudad con su equipo. Y aquí lo digo sin tapujos: salvo los 12.000 que asistieron ayer, esta ciudad no se merece tener a un equipo tan bueno como el Caracas FC.

Y es que el Caracas FC me recuerda, en su relación con la ciudad, a aquellas novias que lo dan todo y todo por su adorado tormento, pero sin embargo, éste le monta cacho con cuanta caraja buena se le presenta, en especial si es rica y famosa. Sin embargo, siempre vuelve la pendeja a perdonarlo. O como aquél hombre sencillo que quiere sinceramente a una mujer, pero aquella prefiere es salir con cuanto tipo millonario y famoso se le presenta, sin importar si es correspondida en su entrega. Cosas de la vida pues. Entonces al Caracas le es aplicable , en su relación con la ciudad, cuanta canción de despecho suene por allí, que hable de amores sinceros y nunca correspondidos.

Ahora se viene la gran final de nuestro fútbol, con los dos acérrimos rivales: Caracas-Tachira..dos partidos para coger palco. Seguramente llena de la emoción y colorido que solo puede ofrecer nuestro fútbol. Y allí estaré yo también, como siempre, sin perderme un minuto de las emociones que otros solo pueden ver por TV.

Pero algo sí es seguro. Tiré la toalla con cualquier fanático virtual del equipo. Se acabó la fuerza de mi mano izquierda, como dice una conocida canción de Maná. Ya no guardo puesto a nadie, mucho menos a gente invisible. El que quiera ser parte de estas emociones y pasiones, que se lance como yo 2 horas antes y se cale el sol del día. No es por ser mala gente ni nada, pero, ¿por que privar a un verdadero fanático de los mejores puestos del estadio por panas que, a más no dudarlo, disfrutan mejor las cosas por TV, Twitter o Facebook?

Y es que allí de manera virtual, también se disfruta de la emoción. Es la emoción de los que no se dejan emocionar...


"Y cuando al fin comprendas, que el amor bonito lo tenías conmigo,
vas a extrañar mis besos en los propios labios del que esté contigo...
se me acabó la fuerza y te solté la rienda..."

viernes, 7 de mayo de 2010

VINOTINTO SOY!!!!...

Se acerca la máxima fiesta del fútbol mundial, la fase final de la Copa Mundial FIFA, a jugarse en Suráfrica, sede inédita para este tipo de competencia. Allí, en el continente africano, 32 selecciones nacionales lucharán, palmo a palmo y pelota a pelota, por levantar el que seguramente es el trofeo deportivo mas deseado y celebrado por la humanidad.

Lamentablemente, esta nueva edición del máximo torneo deportivo del Globo, no contará con la presencia de nuestra selección nacional. No obstante el evidente y esperanzador crecimiento del fútbol venezolano, todavía ese crecimiento no ha alcanzado para poder obtener uno de los 4 cupos y medio que se otorgan en las eliminatorias mas difíciles del mundo, como lo son las eliminatorias sudamericanas.

Sin embargo, si alguien tiene la percepción que la ausencia de la vinotinto del Mundial disminuye en un ápice la atención y fanatismo del venezolano por este evento, pues es justo decir acá que dicha percepción no puede estar más errada. Al contrario, cualquier extraterrestre que llegara a nuestras tierras en plena competencia mundialista apostaría lo que fuera a que este simpático país está no solo compitiendo en la cita futbolística, sino que además somos tan buenos jugando, que hasta incluso nos damos el lujo de tener varios equipos en el certamen.

Veamos el escenario. Un día cualquiera del Mundial. Se enfrentan Brasil y Portugal. Las calles de todo un país se encuentran vacías. Abundan las camisas verdeamarellas y rojas, así como las banderas de ambos países. Los locales y restaurantes no alcanzan para tanta gente. Salen los equipos a la cancha y la emoción se desborda. Suena el "A Portuguesa" y las lágrimas corren por las mejillas. Retumba el "Patria Amada Brasil" y el coro es ensordecedor. Se produce el primer gol del partido y los gritos de celebración llegan a cubrir 3 cuadras a la redoma. Se termina el partido y ya no se podrá circular tranquilamente por ninguna calle de la ciudad: los fanáticos se apoderan de las mismas para bailar y celebrar la victoria de sus adorados colores.

Pero no se equivoquen. La escena descrita no se corresponde con lo observado en Río de Janeiro, Lisboa, Porto o Sao Paulo. Efectivamente, en estas ciudades seguramente correrá el vino o la caipirinha, según sea el resultado. No obstante, el escenario planteado se corresponde con lo visto en cualquier ciudad de nuestra querida y especial Venezuela. Dicha escena es reiteradamente repetida a lo largo de todo el campeonato, sin importar cuales sean los rivales que se enfrenten.

Este fenomeno, el cual no se repite en ninguna otra parte del mundo, es algo que nos ha caracterizado y que en la mayoría de los casos no puede ser entendido por la mayoría de las personas ajenas a nuestra particular idiosincracia, cuando no motivo de algunas burlas por parte de los mismos.

Pero no se necesita ser ajeno a nuestro gentilicio para quedarse completamente sorprendido de la "pasión futbolística" de muchos venezolanos. Somos muchos los nacidos en esta tierra que no terminan de digerir como es eso de que Pedro Perez, tan criollo como la arepa, durante un mes se convierte en un verdadero "english man in Caracas", ataviado de pies a cabeza con la camisa blanca de su Majestad, con el nombre atrás estampado de "Lampard", y con la bandera flageada británica en la antena de su carro ( a pesar de que dicha bandera no existe para la FIFA claro, pero bueno, eso es lo de menos). Casi que el pana Pedro se pone a beber té todas las tardes a las 4 y cantar el "God Save The Queen". Por cierto, durante el Mundial no se le puede llamar Pedro, sino "Peter".

Tampoco se entiende mucho eso de que, María Tovar, nacida en la muy criolla y populosa parroquia caraqueña de Catia, se convierta, por obra y gracia de la Copa Mundial, en una autentica "ragazza" italiana. María sale ataviada todos los días con la azurra, se conoce al pelo todos los jugadores mediterraneos, (hasta los que no fueron convocados), se dedica a enarbolar con orgullo el tricolor italiano cada vez que el tetracampeón mundial sale a la cancha, y claro, llora de emoción cuando suena el "Fratelli d´Italia", aunque en realidad, ella no puede ni tatarearlo. Pero no se equivoquen, ella tiene sangre italiana, porque la abuela de su tatarabuela era originaria de algun pueblecito de por aquellos lados, aunque dicha ascendencia no se vea por ningún lado de su estirpe familiar, claro.

¿Y que decir del pana Fernando? Fernando es, efectivamente, hijo de un inmigrante venido de Portugal y tiene parientes en ambos lados del océano. Nacido y criado en Venezuela, el joven no puede ser mas criollo. Habla como venezolano, se comporta como venezolano, disfruta de las playas y bellezas que solo se encuentran de este lado del oceáno como buen venezolano, se educó como venezolano, trabaja en una empresa venezolana, tiene novia venezolana y sus mejores amigos son venezolanos. Hasta insulta como venezolano. Pero cuando llega el Mundial, olvídense del tango que Gardel murió. Fernando es tan portugués como Luis de Camoes. Fernando viste su carro con el escudo inmenso de la Federación Portuguesa de Futbol, enarbola su bandera bicolor y hasta es capaz de caerse a golpes en la calle con algún "francés" o "brasileño" que se consiga en el camino. De hecho, si le preguntan, él no es venezolano, él es un portugués que vive en Venezuela.

Y así como estos personajes, podrían encontrarse muchisimos más. De todas las nacionalidades y colores. Pareciera que durante el Mundial, se verifica una especie de licencia de "desvenezolanización" en las personas, para asumir la nacionalidad que mejor se acomode a sus particulares gustos. Así, se pueden encontrar desde "italianos", "españoles" "portugueses" y "brasileños" (los mas numerosos) hasta "serbios", "franceses" "suizos" y "argentinos". Los que tienen menos demanda son los equipos africanos y asiaticos, si bien un gran porcentaje de nuestra población tendrá, como no, algún ascendiente en su familia venido del continente negro.

Cuando el extraterrestre venido de otro planeta, o el musiú ajeno a nuestro gentilicio, o incluso el nacido en esta tierra que no termina de entender esta "particularidad del venezolano", preguntan la razón de tanta solidaridad internacional y amor con la representación futbolística de otros países, son muchas las razones que se esgrimen, desde la consabida relación de consanguinidad con esos lares, hasta la cruda afirmación de "es que Venezuela no clasificó".

Sin querer entrar en detalles sobre que razón puede llevar a los ciudadanos de un país a romperse la garganta e hinchar por los colores de otros países, se debe tener claro que Venezuela es un país de inmigrantes. En este sentido, salvo que uno tenga una estirpe familiar incolume y pura desde las tribus indígenas que poblaban nuestro territorio, es claro y no necesita mayor análisis que en este país, absolutamente TODOS sus ciudadanos tienen vínculos de consanguinidad con varias partes del mundo. O como decían por allí, cada venezolano tiene un canario y un negro metido en su ascendencia. Fenómeno que se repite y es propio no solo de América, sino de la misma Europa. ¿O es que acaso los españoles del sur no tienen por allí metidos en su familia algún árabe de aquellos que dominaron la Península por mas de 1000 años?. En este sentido, el vínculo de consanguinidad no pareciera ser razón suficiente para armar tal bochinche en el país.

Sin embargo, lo sorprendente del fenómeno no radica allí. Está bien, aceptemos que tanto el pana Peter, como la ragazza María, así como el luso Fernando, sigan y se corten las venas por sus respectivos colores. Cualquiera podría argumentar entonces, que en realidad son tan fanáticos del fútbol, que ciertamente, tienen la necesidad de canalizar esa pasión de esa forma, dada la ausencia de su país del Mundial. Porque, claro, si Venezuela estuviera en el Mundial, ellos jamás "osarían" vestir otra camisa que la Vinotinto de sus amores, la cual seguramente tendrán en su closet a la espera de tiempos mejores.

Pero, porque siempre hay un pero, tal situación no es exactamente así. Porque resulta que cuando le dices a Peter para ir a un estadio de fútbol nacional a apoyar a nuestro deporte, el pana te pone tal cara de asco que hasta a tí te da pena haberle hecho esa pregunta. Cuando le dices a la linda María, vestida con su camisa azurra y con los cacheticos pintados del tricolor italiano, que en fecha tal juega la Vinotinto, y que esperas que ese día ella vista su franela de Venezuela y se pinte esos lindos cacheticos con tu bandera, ella solo se ríe en tu cara. Y si le mencionas al pana Fernando que dentro de poco va a salir a la venta la nueva camisa vinotinto de fútbol, el tipo te dice, ataviado con su franela roja portuguesa de casi 600 Bs F: ¿ Y tú vas a gastar real en esa vaina?

Y esta reacción se puede encontrar en la inmensa mayoría de aquellas personas que, por miles, trancan las avenidas y calles de las principales ciudades de Venezuela durante el mundial. Ciudades que cuentan, después de la Copa América 2007, con los mejores estadios de fútbol de América, pero que sin embargo, domingo a domingo, los mismos permanecen vacíos, esperando a esa gente que no se cansa de celebrar los goles de jugadores nacidos a mínimo 3000 Km de distancia.

Y quizás esto sea lo que verdaderamente cause sorpresa en ese extraterrestre o en esa persona ajena a nuestro gentilicio, así como un poquito de rabia en los que sí nacimos en esta tierra. El peor desamor, no cabe duda, es el que viene de parte de los tuyos. Es increíble que esa pasión, esa fiebre futbolística, no pueda manifestarse de igual manera (ni siquiera mayor, sería mucho pedir) para nuestro maltratado fútbol. Los que estamos del otro lado de la baranda, solo pedimos un poco de coherencia y de lógica. Porque dirán lo que dirán, pero no es coherente, ni mucho menos lógico, que los ciudadanos de un país celebren, armen caravanas y tranquen calles por los triunfos deportivos de los ciudadanos de otros países, pero ese mismo apoyo no se presta nunca para el fútbol de tu país. Esa, sencillamente, no existe en ningún lado. ¿Se imaginan ustedes a los escoceces celebrando un triunfo de Inglaterra en el Mundial, solo porque forman parte de la misma nación británica? Les aseguro que el escocés que salga a una calle de Glasgow con la cruz de San Jorge no vuelve vivo a su casa. (y estamos hablando de una de las naciones mas "civilizadas" de La Tierra).

Y lo peor es que cuando se hace mención de esta situación, te dicen de todo: "no seas loco nacionalista", "fanático intolerante", "resentido envidioso". Es decir, invitar a tener un poco de lógica y de coherencia en estos tiempos del Mundial, es sinónimo, en esta Tierra de Gracia, de envidia, resentimiento e intolerancia. Evidentemente, esta gente no sabe mucho de lo que el término "intolerante" significa actualmente en el mundo del fútbol. Y envidia sí hay un poco, como no. Pero envidia de no tener la afición que tiene una Argentina, una España, una Costa Rica o una Escocia. Una afición que disfruta del fútbol y del Mundial, pero que en caso de que su selección no clasificara, nunca se quitarían sus propios colores para pintarse los de otros países.

¿Exageración? puede ser. Pero recuerden que incluso esa pasión que sienten muchos compatriotas por los colores de otros países se ha manifestado, incluso en juegos donde estuvo directamente involucrada la selección nacional o equipos nacionales. ¿Alguien puede olvidar aquel Venezuela-Argentina para las eliminatorias del Mundial de Alemania jugado en el Estadio Olímpico, donde un "aficionado" vestido con los colores albiceleste, saltó al campo en pleno partido para abrazar al jugador argentino Verón? No puedo imaginar siquiera la arrechera de los jugadores venezolanos que, partiendose el alma y sudando los colores de su país, tuvieron que presenciar semejante espectaculo en su propia casa. Por supuesto, el "aficionado" vestido con la camiseta argentina era venezolano. ¿Intolerancia entonces? Imaginense si esto mismo pasa en el Estadio Nacional de Santiago en un Chile-Argentina.

Tal vez los que estamos de este lado del asunto seamos unos exagerados. Tal vez esta situación sea, como cosa típica del venezolano, reflejo fiel de esa característica tan propia de hacer una rumba de todo lo que llegue. Tal vez el venezolano, en su ADN de fiesta, se sienta tan identificado con la máxima fiesta del fútbol mundial, que su forma inconsciente de querer pertenecer a ella, sea la de mutarse, cual camaleón, en cualquiera de los colores que tienen el privilegio de estar presente en ellas. Tal vez cuando Venezuela clasifique por fin a un Mundial dicho fenoméno se acabe. Tal vez, como no.

Lo que sí es cierto es que el venezolano, y con este término me refiero a TODOS los venezolanos, sean descendientes de italianos, españoles, libios, nigerianos, canarios, chilenos, primera, tercera o novena generación, da igual, deberían tomar prestado un poquito de esa pasión desbordada por nuestros hermanos del mundo, e invertirla un poco en lo que sí es realmente suyo. Sería un impulso verdaderamente gratificador para todos esos jóvenes venezolanos que domingo a domingo se parten el alma en las canchas nacionales, a los que visten y sudan la camiseta nacional en cualquiera de sus categorías, sentir un poco del cariño y de la pasión que sus compatriotas profesan por otras nacionalidades.

Y así, tal vez un día, motivado por ese apoyo del público, nuestro fútbol, llegado ya al punto ascendente definitivo de su desarrollo, pueda algún día formar parte de ese privilegiado grupo clasificado a la fase final de una Copa Mundial. Seguramente el día que eso ocurra, sí se justificarán entonces las calles y avenidas trancadas, las banderas tricolores ondeando en todas partes,los locales y bares abarrotados, la gente bailando y gritando el nombre de Venezuela hasta que se les rompan las gargantas. Las lágrimas en los rostros desbordadas al escuchar el Himno Nacional;las camisas vinotinto llenando todo el paisaje. La lógica y la coherencia volverán entonces, así sea un poco, a esta maltratada tierra.

Será ese el día entonces que, claro, el pana Peter seguirá sintiendo simpatía por el equipo de Su Majestad, la linda María no podrá olvidar a sus queridos italianos, y el pana Fernando seguirá siendo patria o muerte con la Portugal de sus padres y familia.

Pero cuando vuelvan a visitarnos aquel curioso extraterrestre, o el gentil caballero tan ajeno a nuestra nacionalidad, y vuelvan a preguntar a cual equipo le van en el Mundial, justo antes de cantar el "God Save The Queen", gritar el "Forza Azurra" o el "Força Portugal", ellos dirán, en un coro que se escuchará desde el Cabo San Román hasta la confluencia de los ríos Barima y Mururuma: VINOTINTO SOY!!!!!....











martes, 4 de mayo de 2010

VENEZUELA EN UN BALON...

Venezuela en un balón. Este es el "original título" que he escogido para mi blog exclusivamente dedicado al fútbol venezolano. Nada que extrañar para los que me conocen y consecuencia lógica de mi extrema y fanática querencia por dos cosas que llevo totalmente tatuadas en mi piel: mi país y el fútbol.

Esa combinación, especie de coctel mortal, evidentemente que tiene que derivar en un gusto por demás apasionado y que raya (para algunos) en lo exagerado, por el fútbol de mi tierra. Por esa criatura que se encuentra a medio crecer, pero que cada vez da pasos mas grandes y firmes, contra todo y contra todos, en ese camino indetenible hacia el puesto que verdaderamente le corresponde.

Y es que mi amor por esta criatura fue, en mi caso, un amor a primera vista. Solo bastó una tarde de un domingo cualquiera, en que un inocente niño (si, yo mismo) fue llevado de manera por demás casual a un desolado estadio de futbol capitalino por su beisbolero padre, para enamorarse de esos campos tan precarios, de esas jugadas tan limitadas, de ese fútbol tan improvisado. Fue verdaderamente un amor a primera vista que se mantiene hasta el día de hoy, con todas las tristezas (la mayor de las veces) y con las alegrías (cada vez mas frecuentes) propias de cualquier relación amorosa.

Pero no ha sido un amor fácil. Siempre, como en todas las relaciones, se tiene que luchar cada día y cultivar, poco a poco, ese sentimiento que finalmente será el que te mantenga firme al lado de tu ser amado, cuando vengan las peleas, las rabietas, los desencuentros y las ganas de botar todo por la borda y buscar un nuevo amor.

En mi caso, lo primero con lo que tuve que luchar fue con el medio que me rodeaba. No era fácil para un niño de la época verse con su amado fútbol y tener noticias de él. El primer obstaculo era mi querido padre, al cual le costaba demasiado llevarme a alguna de esas "caimaneras" (como él las llamaba) una tarde de domingo. Vamos, que un niño de 7 años todavía no está para escaparse de la casa. Sin embargo, de vez en cuando el amor de padre, el remordimiento o el fastidio de tenerme guindado toda la semana, conseguían el milagro pues. Los días que mi adorado viejo me llevaba al estadio de fútbol son, por mucho, de los mejores recuerdos de mi infancia.

Otro obstaculo era la TV. De manera impresionante, yo me conocía al pelo a todos los jugadores de la liga italiana y de la española. Conocía de memoria los nombres de los estadios y los uniformes al otro lado del oceáno. Sin embargo, siempre me pregunté el por qué no se transmitían los juegos de este lado del mar. ¿Pero no están más cerca para llevar las cámaras? preguntaba yo inocentemente a mi viejo. !Ellos no transmiten caimaneras!!!!...era su ya no tan sorpresiva respuesta.

En fin, que entre el ambiente familiar, la TV y los amiguitos del colegio, mantenerse fiel a ese amor puro y bonito resultaba muy difícil. No era fácil en aquellas épocas de niño, cuando jugabas con tus compañeritos del fútbol, decir que tu sueño no era ser Butragueño, Platiní o Paolo Rossi, ni tampoco jugar en el Real Madrid, Barcelona o Liverpool. No se pueden imaginar la cara de ponchados de todos cuando yo decía que mi sueño era jugar, sí claro, como no, en la Juventus, (el equipo de infancia pastelera) pero también quería jugar en el Marítimo de Venezuela, en el Caracas FC y en la selección nacional. Y quería ser como Pedro Acosta (el autor del gol de la primera victoria de Venezuela en una eliminatoria mundialista) como Bernardo Añor o Pedro Febles. ¿Como quieeeen??? me respondían mis amiguitos, ya preparando la tradicional y cruel burla que solo los niños a esa edad pueden dar.

Pero como el amor siempre prevalece, y cuando uno está enamorado se las ingenia para ver a su amada así sea a escondidas, yo me mantenía al tanto de ese fútbol tan ajeno a mi entorno, a través de la página deportiva del diario El Nacional (eterno agradecimiento a este periódico), el cual publicaba religiosamente, todos los domingos, en la inolvidable página B-6, la pequeña reseña del fútbol nacional, escritas por el periodista-poeta Cristobal Guerra, el cual le daba el toque romántico a tan tormentosa relación. Allí me informaba de los resultados, de las posiciones de los equipos, de los goleadores, del nombre de los estadios; en otras palabras, esa página era el equivalente a aquellas cartas de amor que los enamorados se mandaban hace ya mucho años. Mi cara al leer estas páginas, realmente debió ser un poema. Después descubrí que existía un periódico que solo tenía noticias deportivas (Diario Meridiano), y, claro, al lado de las grandes reseñas del fútbol español, portugués e italiano, había un pequeño espacio dedicado a mi querido fútbol venezolano.

También, como todo niño, armaba mis campeonatos imaginarios en el pasillo de mi casa, donde los arcos eran, de un lado, la puerta de la cocina, y por el otro, la puerta de uno de los baños. Y yo era todos los jugadores a la vez, por supuesto. Pero lo verdaderamente relevante, es que al lado de todos los torneos que me inventaba, liga italiana, española, alemana, mundiales, copa América, también organizaba, como no, el Campeonato Nacional, donde, por supuesto, siempre ganaba el Caracas FC, aunque en mi infantil mente mi adorado Rojo no era de tal color, sino azul celeste, el estadio donde jugaba no era el Olímpico sino la versión venezolana del Bernabeu, y su archirrival no era el Tachira sino el imaginario "Maracaibo FC", el cual, irónicamente, vestía de rojo. Cosas de niño, como ustedes entenderán.

Y como con todo en la vida, el tiempo siguió pasando. Llegó la terrible adolescencia. Llegó el rock, llegaron las niñas, las fiestas y todo ese cúmulo de distracciones tan propias de tan problemática edad. Aquí tal vez se produjo una de las mas dolorosas separaciones con mi adorado fútbol, motivado tal vez a que a esa edad, siempre buscandose la aceptación "del grupo", uno tiende a renunciar o, por lo menos a disimular, todo aquello que pueda ser mal visto por "la tribu". Estos fueron mis días de "pastelero".

Así, yo ya no quería ser como Nelson Carrero, Franco Rizzi o Stalin Rivas. Por favor, eso era una raya. Yo ahora quería ser como Maradona, Baggio, Careca y compañia. La vinotinto ya no me decía nada y estaba totalmente de acuerdo con que ir al estadio era una completa pérdida de tiempo. ¿Ver caimaneras? están locos (mi viejo me veía orgulloso). Yo veo fútbol del bueno, y ahora más que con la magia del cable ya no habían limitaciones para observar fútbol de Argentina, España, Italia, Inglaterra y hasta de Perú. (Vamos Alianza!!!). De hecho, empecé a buscar entre mis ancestros para ver si tenía algún tatatatarabuelo que fuera brasileño, argentino, español o camerunés para ver si podía tener alguna justificación "extra" para comprarme mi respectiva camisa. No lo conseguí, sin embargo, porque en esa época todavía no estaba masificada, por lo menos aquí en Venezuela, la venta de franelas de fútbol.

Sin embargo, incluso en esos días tan difíciles para la relación, nunca olvidé por completo a mi primer amor. Seguía, ya por costumbre, la misma página B-6 de El Nacional, para enterarme de como iba la cosa. También seguía, con muchos bostezos, aquellas transmisiones de RCTV del fútbol nacional, cuando lo daban a la 1 de la madrugada porque a esa hora, seguramente no tenían más nada que pasar. A esos pequeños encuentros se había reducido ese amor de la infancia, y de verdad, no se vislumbraba un futuro mejor para la relación que no fuera el rompimiento definitivo.

Pero el amor cuando es sincero, lo soporta todo. Pasó la tormentosa época de la adolescencia. Llegó la época de la Universidad. Y con ese pequeño grado de madurez que uno adquiere o se autoinventa (es lo mismo) cuando dejas la camisa beige y vas a estudiar ya con la ropa que te da la gana, uno vuelve su mirada en retrospectiva, y busca en el bául de sus recuerdos, todas aquellas cosas que, por la razón que sea, mantuvistes olvidadas durante tu peregrinar adoslecente. Entonces procedes a guardar tus camisas negras de Guns N`Roses, Metallica y compañía, tus latas de spray para "pintar" paredes de tu ciudad y tus sueters rastafari, y procedes a desempolvar algunas cosas que mantuvistes encerradas bajo llave: la cordura, un poco de decencia y responsabilidad, y claro, en mi caso particular, mi amor eterno por el fútbol de mi país.

El Reencuentro no fue fácil. Los primeros momentos fueron una especie de amor compartido entre mi primer amor y el fútbol de otras latitudes. Todavía recuerdo con asombro como me apasionaba la Juventus, y me sorprendo a mí mismo discutiendo con otros compañeros de la Universidad sobre la Juve y el Madrid, o Juve y Barcelona, como sí yo fuera italiano. O como celebraba a las personas que iban vestidas a la Universidad con la camisa de Brasil. Definitivamente, muchacho no es gente. Fue en esta época donde hasta me compré la camisa blanquinegra de la Juve y hasta con orgullo la llevaba.

Pero al lado de esta locura "pastelera", volvía, poco a poco, a reencontrarme con mi adorado tormento. Con mi fútbol, precario y humilde. Empecé de nuevo a frecuentar aquellos estadios olvidados de mi infancia. Ya no necesitaba a mi querido viejo para ir. Ya no estaban tan lejos de mí esos campos otrora inalcanzables. Y empecé a descubrir el gusto otra vez por ese fútbol enredado, no muy estético pero lleno de corazón y ganas de superación. Volvían de nuevo a mí esos sentimientos enterrados, volvía otra vez el niño de 7 años.

Y poco a poco, lento pero seguro, esa mujer llamada fútbol nacional volvió a enamorarme. Ya con el paso a la adultez, al trabajo y a los vaivenes de la vida, ya con la separación de Fundapapá y con el pago de las cuentas de la casa, llegó también ese amor más fuerte que nunca. El cariño había sido probado y requeprobado. Había pasado las épocas mas duras y difíciles de la vida, y de nuevo estaba allí, levantandose por entre todos, para mirarme a la cara y volverme a decir, que siempre estuvo y estará allí.

Hoy en día, ese amor no admite paralelismo. No existe otro fútbol en mi corazón que no sea el venezolano. Claro, como amante del deporte rey, siempre se está viendo y admirando el fútbol desarrollado y sideral de otros lados. Pero hasta allí llega la cuestión. No hay amor ni pasión posible para otro fútbol diferente a éste, con sus limitaciones, con sus carencias, pero también con sus esperanzas y sus sueños.

Y eso es lo especial de un amor verdaderamente entregado. Lo ves crecer, lo ves desarrollarse, lo ves triunfar allí donde nadie apostaba nada por él. Miras en retrospectiva y te das cuenta que la criatura ha avanzado mucho desde aquella primera vez que lo vistes a los ojos. Ya no balbucea, ya habla. Ya no da pasos torpes y se cae, ya camina y corre y de vez en cuando vuela. Ya nadie se burla de él, ahora todos lo respetan. La criatura ya no es un niño, ya es un hombre hecho y derecho.

Y esa es, sin mas ni menos, mi historia de amor con el fútbol de mi tierra. Un amor a primera vista. El único que tenemos, para bien o para mal. El que ha dado muchas tristezas pero también algunas alegrías. El que era el hazmerreír del continente y ahora es el de mayor crecimiento del mismo. El de los estadios vacíos de gente pero llenos de sueños. El de la fanaticada alegre y bulliciosa como pocas en el mundo. El que me llevó a conocer las pirámides de Egipto y me permitió cantar mi himno nacional por primera vez en la historia en un torneo FIFA. El que me llevará, si Dios lo permite, a ver a mi Selección en un Mundial de Mayores.

Con sus limitaciones, con sus sueños de grandeza, con su pasado de derrotas y su presente de esperanza, con sus jugadores, con sus árbitros y dirigentes, con sus aficionados, el fútbol venezolano se encamina día a día hacia su progreso y desarrollo, dandonos cada vez mayores alegrías, sobre todo a aquellos que conocemos a la criatura desde la época en que apenas gateaba. Dicho en otras palabras, nuestro fútbol es un fútbol de esperanza, tal cual como lo es Venezuela entera. Es mi Venezuela en un Balón.

Aquí está mi fútbol entonces, mi fútbol de esperanza, mi amor eterno, en la búsqueda y en la espera. Es el fútbol venezolano, el de mi tierra, el de mi ciudad, el de mis olores y sabores, el de mis buenos amigos, metido en el laberinto de sus grandes riesgos y de sus grandes posibilidades. Sin vacilar, puedo decir que tengo confianza en él.