miércoles, 8 de septiembre de 2010

EN UNA NOCHE TAN LINDA COMO ESTA....

"En una noche tan linda como ésta..". Así comenzaba (o comienza) el estribillo de la canción que identifica a uno de los más importantes eventos que se realizan en Venezuela. Es el concurso donde confluye "la belleza de la mujer venezolana", o por lo menos eso es lo que intentan vender los numerosos patrocinantes de esta "competición," especie de guerra a muerte donde se mezclan bisturíes, tacones, sonrisas falsas, dietas, bolsillos de papá, de mamá o de ambos, contactos, más sonrisas falsas, y...más bisturíes.

Así, cada año, por una noche, se le muestra al país las representaciones más fideidignas de la feminidad venezolana. Para alguien como yo, venezolano y heterosexual, es verdaderamente sorprendente y motivo de eterno agradecimiento a mi Señor, el comprobar como en mi país, la mujer venezolana es un mujerón de 1,78 mínimo de estatura, con tetas sospechosamente perfectas y una cinturita que buehh...además de tener una carita y una sonrisa que casi rayan en la perfección. Y si a eso le agregamos que de ese concurso han salido no sé cuantas Miss Universo, bueno, el escenario está completo. Viva la Mujer Venezolana Carajo!!!!....

Claro, el detalle es que, pasada la euforia televisiva, y cuando se le echa un poco de coco a la cuestión, uno se va dando cuenta de ciertos asunticos que no cuadran del todo. Por lo menos en mi caso. Yo conozco varias mujeres, venezolanas, como no, pero ninguna pasa del 1,70 de estatura (salvo mi querida amiga Cristina, la cual es hija de alemanes y creo que mide 1,73 o algo así). Tampoco tienen esa cinturita que salen en TV, y mucho menos tienen esas caritas tan perfectas que harían palidecer a cualquier cuadro de Chagall. Muchas veces me he preguntado si no es demasiada "mala suerte" la mía, el vivir en Venezuela, y no conocer a una mujer típica de acá. Ni modo, como que solo conozco excepciones a la regla: chiquitas, no tan flaquitas y un poquito más mestizas.

Pero bueno, mientras sigo en mi búsqueda de la mujer típica venezolana, puedo decir que las excepciones que he conocido hasta ahora no me disgustan del todo. Puedo decir de hecho, con absoluta convicción que las mujeres más hermosas que he conocido, si bien no son lo más cercano al biotipo venezolano, sí han podido llamar mi atención desde otro punto de vista. Mujeres no tan perfectas, no tan altas, no tan bellas, pero sí con chispa, con picardía, con inteligencia, que seducen sin seducir, y que sin seducir, seducen. Mujeres echadas para adelante, que no necesariamente dependen de la aprobación de un jurado ni la habilidad de un cirujano para poder triunfar en lo que se propongan. Sin entrar en muchos detalles, baste con decir que, por lo menos en mi percepción personal, la belleza de la mujer, y sobre todo de la venezolana, no puede ser medida exclusivamente por un casting dirigido por la imagen oficial de Tiendas Traki (valga la cuña).

Con esa "atípica" mujer venezolana me volví a topar hace dos noches. Bueno, lo de "mujer" es un decir. En realidad fue con unas adolescentes, no mayores de 17 años. No eran misses reconstruidas. Mucho menos tenían la estatura promedio del biotipo venezolano y además, muchas de ellas eran sospechosamente más oscuritas de lo que uno está acostumbrado a observar en las "mujeres criollas" según los inefables concursos de bellezas. No obstante, en 90 minutos y un poquito más, cargaron sobre sus todavía no completamente desarrollados hombros, la esperanza y la ilusión de todo un país. Lo peor es que, paradójicamente, el 80% de ese país ni siquiera sabían de su existencia, por lo menos hasta ese día.

Y es que, cuando la Selección Nacional de fútbol de Venezuela Sub-17 femenino, salió del vestuario rumbo al pasillo reservado solo a los grandes de éste deporte, no solo estaban reinvindicando, tal como lo hicieron hace ya casi un año en Egipto los jóvenes de la Sub-20 masculina, al fútbol venezolano. También estaban reivindicando, de una u otra forma, a la mujer venezolana, a esa que no tiene cabida en ningún casting de "belleza", pero que sin embargo, se faja, de sol a sol, todos los días de su vida, de la forma que sea, por mantener a sus chamos, a su casa y a su trabajo.

Y es que cuando esas chamitas, ataviadas completamente del glorioso vinotinto, esperaban en la antesala del partido, al lado de las gigantonas de Nueva Zelanda, mirando hacia adelante con la frente en alto, llenas de orgullo y ansiosas por salir a comerse la cancha, estaban reproduciendo, sin lugar a dudas, la misma escena que se repite a diario en millones de hogares venezolanos, donde la mujer contempla su propio día a día sin bajar el rostro, dispuesta a salir a comerse al mundo, sin importar lo difícil que éste se pueda presentar.

Y cuando esas niñas saltaron a la cancha, y abrazadas entonaron el Himno Nacional a todo pulmón, simbolizaron a todas esas mujeres que han dado su vida y luchado por un mejor país para todos. A todas esas madres que le han inculcado el amor de patria y el amor a su tierra a sus hijos, de generación en generación. A todas esas mujeres que todavía le enseñan con orgullo a sus chamos la tan venezolana costumbre de pedir "la bendición".

Y una vez comenzado el partido, y ante el inicial nerviosismo e incertidumbre, se vino el gol de las altas y fornidas neozelandesas. Con el 0-1 en contra, y con Nueva Zelanda jugando mejor, las futuras mujeres venezolanas sacaron de su ADN toda esa carga histórica de lucha ante la adversidad que caracteriza a la mujer de por estos lados. Esa mujer que levanta un hogar sola, que hace milagros con el mercado, que espera horas para ser atendida en una maternidad. Que se levanta a las 3 de la mañana para tener que agarrar 3 autobuses y llegar a tiempo a su trabajo. Con esa garra, fueron capaces de voltear el marcador ante un equipo que lucía superior, y con dos golazos de la superhermosa morenita Isaura Viso (una crack en potencia), pusieron las cosas en su lugar: las mujeres de Nueva Zelanda no solo no son más bonitas que las venezolanas, sino que tampoco son más luchadoras, por lo menos por ese día.

La celebración al pitazo final del partido fue el corolario perfecto para tan emocionante jornada. Allí estaban ellas, un puñado de jóvenes venezolanas saltando y besando su camiseta vinotinto, no solo felices de regalarle un triunfo a su atribulado país, tan necesitado de éstas buenas noticias, sino sobre todo, reivindicando de una u otra forma, a esa mujer pequeña, no tan flaquita y no tan carita perfecta, que jamás será tomada en cuenta por Osmel Souza y compañía.

La noticia de este triunfo de la mujer venezolana no fue titular de primera plana en casi ningún diario al día siguiente. Bueno, tal vez el hecho de ser niñas no ayuda. Tampoco ayuda el hecho de que dicho triunfo no sea de la tradicional "belleza de la mujer venezolana" . Quien sabe. Tampoco observé en los FB ni en los Twitter ninguna referencia masiva (sobre todo de mis buenas amigas "atípicas" venezolanas) a este hecho. Mas relevancia tuvo en su momento la no clasificación de una Miss al cuadro de 15 finalistas. Cosas de la venezolanidad, puede ser.

Lo único cierto es que la noche del día 06 de septiembre de 2010 pasará a la historia no solo como el día en que una selección mundialista venezolana femenina obtuvo su primera victoria en una Copa Mundial FIFA, sino que será, sobre todo, una fecha que recordará que la mujer venezolana es mucho más que reinas de belleza, tetas, narices y sonrisitas operadas. Como una fecha que, de una u otra forma, reivindica, un millón de veces más que un concurso de belleza, a esa mujer bregadora que puebla esta Tierra de Gracia.

"En una noche tan linda como ésta"...















jueves, 2 de septiembre de 2010

VENEZUELA ES VINOTINTO

Cuando los revolucionarios franceses asaltaron el poder político del país de Juana de Arco, por allá a finales del siglo XVIII, no sólo se dedicaron a implantar los principios y fundamentos ideológicos que tan eficaz y coherentemente fueron desarrollados por la "Santísima Trinidad Intelectual" del constitucionalismo moderno (Locke, Rousseau y el célebre Carlos de Secondat, para los panas el Barón de Montesquieu), sino que además se dedicaron con suprema diligencia, a romper y quebrar con todo aquello que pudiera recordar al llamado "antiguo régimen".

Así, entre una que otra cortadita de cabeza de algún desdichado noble y frases de "libertad, igualdad y fraternidad", los revolucionarios franceses no solo se conformaron con desarrollar un régimen político que se convirtió en la pesadilla de toda cabeza coronada de Europa, sino que además, los profundos cambios llegaron incluso hasta en el calendario de años, meses y días por el cual se tenían que regir los franceses. Y es que para la ideología revolucionaria, hasta la simple mención de una palabra como "diciembre"podía constituir una amenaza contrarrevolucionaria.

En este sentido, ya no habría mas mes de enero para nadie. Ahora se hablaría del mes "Pluvioso". Si alguien quería cantar "Días de Junio", pues no había mayor trauma. Solo se tenía que cambiar la frase por "Días de Pradial" o de "Mesidor", dependiendo de cual fecha se tratara. Y nada de decir que "yo no me baño los domingos". Si no se quería terminar en la Guillotina, pues mejor se cambiaba la frase a "yo no me baño los decadi".

Más allá de la incoherencia o no de este "Calendario Republicano", lo cierto de la situación es que después de 12 años, los fervorosos revolucionarios franceses tuvieron que retomar el arcaico, absolutista y monárquico calendario por el que siempre se rigieron los franchutes, motivados quizás a los pequeños problemas que se presentaban con la aplicación del mismo, pero sobre todo por el detalle de que ni siquiera las amenazas de terminar con la cabeza en un cesto de frutas, pudo hacer que los franceses pudieran digerir de manera total el cambio de nombre de su día a día.

Más de 200 años después, asistimos en vivo y directo en esta Tierra de Gracia, a la presencia de otra clase revolucionaria, empeñada en querer cambiar todo aquello que pudiera recordar o hacer referencia a un pasado que se define oprobioso por todos lados. Es que parece propio o inherente a todo proceso "revolucionario" el querer redefinir la historia, dejando muy en claro que todo lo que comienza con ellos es "lo bueno" o "lo patriótico", y todo lo que hubo o existió antes era la antesala al infierno de Dante. Parece que "el know how" en este sentido, de la Revolución Francesa se extiende a través del tiempo.

En Venezuela de un tiempo para acá, se han empeñado en cambiar todo. Se cambió la Constitución, se cambió el nombre del país, se cambió el nombre de Instituciones, la bandera, el escudo, el horario, la moneda, las estaciones de metro y hasta el del Parque del Este. En una verdadera orgía de nomenclaturas revolucionarias, hasta el eterno cerro Avila, perdón, Waraira Repano, llevó lo suyo.

Y en toda éste carnaval de nombres y contranombres, ni el deporte se ha salvado. Ahora resulta que el color deportivo que toda la vida ha caracterizado a los atletas y delegaciones nacionales de pronto, y por obra y gracia de las ideas revolucionarias, "NO ES PATRIOTICO". Es decir, el color vinotinto, ese que durante años y años han llevado y sudado con amor y orgullo centenares y centenares de compatriotas, de repente ya no nos representa. Eso pertenece al "antiguo régimen", como perteneció también al antiguo régimen francés la semana de siete días.

En función de lo anterior, ya muchas federaciones deportivas se han alineado con la nueva tendencia "tricolor", y han borrado, de un solo plumazo, años y años de historia deportiva venezolana, y ahora podemos observar como nuestros atletas en muchas disciplinas ya no llevan el color vinotinto de siempre, sino que se asemejan mucho más a nuestros hermanos colombianos y ecuatorianos en cuanto a su indumentaria.

El cenit de la cuestión ha llegado con la selección de fútbol. Tal vez no exista deporte en el mundo donde la vinculación entre colores e identidad nacional esté tan marcada como en el deporte rey. Y en este aspecto, Venezuela siempre ha sido vinotinto, no tricolor. La identidad de los aficionados, el sentimiento que se proyecta por todo el país, y la imagen que se tiene de Venezuela en el mundo futbolístico, habla vinotinto. Es una identidad que ha sido muy difícil calar en el corazón de los aficionados, pero mal que bien se ha logrado, y hoy puede decirse que es el color que une, así sea solo por 90 minutos, a todo un país.

El vinotinto no nace con la selección de fútbol, como erróneamente muchos creen. Pero con ella se potencia y alcanza su máximo grado de identificación con el colectivo. El vinotinto no es solo un color. Es la representación viviente del sudor, sacrificio y entrega de muchos compatriotas. Es el recuerdo eterno de los triunfos más gloriosos del deporte venezolano, pocos o muchos, no importa. Es el color que millares de niños venezolanos sueñan vestir algún día, sin importar su condición social. Es el color que recuerda las playas , el clima y el sol de nuestra tierra a todos aquellos que por la circunstancia que sea, han tenido que buscar mejores destinos en otros países. Es el color de la nacionalidad, que trasciende mucho más allá del ámbito meramente deportivo .

Alegar entonces, así por así, que lo "patriótico" es vestirse con los colores de la bandera nacional, desechando el vinotinto, es desconocer todas las lágrimas, todas las alegrías y todos los sacrificios que en materia deportiva se han hecho por éste color. En el fútbol, de manera particular, es quitarle la identidad a nuestra selección, es vaciarla de alma y sentido. Sería mejor entonces, agarrar una guillotina y , al mejor estilo revolucionario francés, comenzar a cortarle la cabeza a todos los sueños y todas las ilusiones construidas alrededor de nuestro color deportivo. Solo así tendría sentido ese "gatopardismo revolucionario" en materia deportiva.

Lo paradójico del asunto es que, precisamente, es el color vinotinto el que nos diferencia del resto del mundo deportivo. Sólo el equipo de Letonia tiene un color similar. De resto, nadie en el mundo tiene este color como su principal identidad. Abundan sí los amarillos, los azules, los rojos y los blancos, pero "Vinotinto" solo es Venezuela, más nadie.

Pretender despojar al colectivo futbolístico nacional de algo tan inherente a su existencia como es el color de su propia identidad, en función de un mal entendido "patriotismo", no es precisamente lo más beneficioso para la disciplina, máxime cuando dicha "propuesta" viene precisamente de los órganos encargados de velar por el desarrollo y el bienestar del deporte nacional. Antes bien, la pretendida utilización del tricolor nacional en la selección de fútbol, vendría a significar una especie de limbo, un despojo de la identidad, y una intromisión política inaceptable en algo tan delicado para un país como es su equipo nacional, con consecuencias de pronóstico reservado.

Lo que deberían aprender los revolucionarios de ahora, como lo hicieron los de 200 años atrás, es que sus ideas o principios políticos son solo eso, vainas políticas, que no deben ser extendidas a todos los ámbitos de la vida del ciudadano. Que existen cosas, costumbres y tradiciones que pertenecen al patrimonio moral y cultural de una Nación, y que por lo tanto, son intocables, mucho menos si dichos cambios vienen de la "percepción personal" de uno o varios individuos. Es como si mañana viniera otro revolucionario y propusiera eliminar la reina pepiada como plato tradicional venezolano, porque la misma fue inventada por inmigrantes portugueses, y eso no es patriótico pues. "La lógica" de todas las revoluciones pareciera que diera para esto y mucho más. Si fueron capaz de cambiar los días de la semana hace 200 años, que otra cosa se puede esperar.

Será entonces que los que sentimos el color vinotinto como algo tan inherente a nuestra patria como lo pueden ser la bandera o el himno nacional tendremos algo de "apátridas", si se mira desde la óptica del que todo lo quiere cambiar para que nada cambie al final. En este sentido, tal vez nuestro amor a la vinotinto llegue a ser contrarrevolucionario, como lo podía ser todo áquel que siguiera contando 7 días en la semana en vez de los 10 impuestos en la Francia revolucionaria, quien sabe.

Lo único que sí es cierto, es que, en mi caso particular, ese color vinotinto es mi país y es mi identidad. Es mi playa, mi familia y mis amigos, mis sueños y mi bandera, mi himno y mi alma llanera, mis arepas y mi pasado, mi presente, y claro, mi futuro. Es el color que enseñaré a mis hijos a que amen, aquí o en cualquier lugar donde la vida lo empuje a uno., porque sencillamente, esa camisa vinotinto, con el escudo tricolor del lado del corazón, simboliza a mi tierra entera.

Venezuela es Vinotinto....

"...Esta tierra es mi orgullo, esta bandera es mi pasión, y llevo a la Vinotinto dentro de mi corazón..."